Don San Martín, qué haría hoy, aquí

 

 

 

La manía, tan argentina, de recordar a nuestros héroes por el día de su muerte, nos impone aclarar algo que pocos memorizamos: San Martín nació un 15 de febrero, el de 1778. Pero el caso es que venimos del muy mentado 17 de agosto, y memoramos la muerte de alguien que llamamos “padre de la patria”.

 

 

Por Rodolfo Braceli

 

Nos sucedieron 170 años, desde su muerte. Este es el primer año que nos sorprende sumidos en una pandemia que aterroriza y desespera al mundo entero. Mientras tanto, aquí, algunos resentidos incurables no se resignan al mandato de las urnas. Chicanean desde la mediocridad. Y cacerolean desde la histeria. Es decir: socaban la democracia sin pudor, sin asco.

Lo están haciendo ahora mismo alrededor del obelisco. Y valiéndose de algunas frases del militar que ante todo y después de todo fue un “ciudadano”.

Uno se pregunta qué hubiera hecho San Martín en la actualidad, con una deuda externa obscena que pagarán hasta los nietos de nuestros nietos. Y qué hubiera hecho, como gobernador de Cuyo, para afrontar este tiempo de calamidad económica tan heredada y de pandemia ecuménica.

Hubiera hecho lo que hizo. Recordemos: en su momento el general ciudadano “exigió” la “donación” de joyas a las damas y familias más adineradas (otra que impuesto a la riqueza por única vez). Impuso “contribuciones obligatorias” a comerciantes y hacendados opulentos, en su momento confiscó lo que había que confiscar. A los impacientes reaccionarios que en este tiempo sabotean esta cuarentena los hubiera mandado con sus cacerolas al mismo carajo.

Sin duda que San Martín, jamás hubiera adherido al (neo)liberalismo. Todos sabemos que el (neo)liberalismo aborrece y se mofa del ideal de Patria Grande. San Martín fue constructor y libertador de esa Patria Grande, inclusive en la hora gloriosa de su gran renunciamiento.

Últimamente se manosea el concepto de “libertad”. Es cierto que la libertad es un bien supremo, pero también es cierto que hay un bien anterior: para ser libres hay que estar vivos, respirando en castellano. El barbijo no impide la libertad, de algún modo nos garantiza poder vivirla en el futuro inmediato.

Un poco de memoria más: En estos años recientes nuestra patria estuvo “en oferta”. La pregunta que persiste es: si quienes se han apropiado de la palabra “república”, realmente la respetan. Esta república que el reiterado (neo)liberalismo empujó una y otra vez a las patéticas “relaciones carnales”, ese (neo)liberalismo que dejó una industria aniquilada, sembrada de desempleados, de hambrientos, de analfabetos y de analfabetizados… esta república ¿es realmente una república o sólo nos dejaron, como herencia escandalosa, los escombros de una paupérrima colonia, con la bandera usurera de los bonistas, a merced de los insaciables buitres y del desfondado Fondo Monetario Internacional?

Flor de momento este para revisar a esta “patria” que ha sido maniatada por los caballeros del Mercado y de la Sociedad Rural, dueños de la escarapela porque dueños de la arrasadora soja que nos envenena los aires y nos extenúa la tierra.

Recuperando otras columnas de aniversarios del 17 de agosto intentaré reflexionar no sobre San Martín sino “con” don San Martín. Y para eso me valgo de un libro que publiqué hace 28 años: “Don San Martín, ¿a usted qué le parece?”. En aquel libro conversé con palabras textuales de San Martín, extraídas de sus cartas y de sus proclamas. Y lo traje a este presente. Aprovecho para decir, ya que estamos, que aquella ocurrencia me fue plagiada sin asco en Mendoza y en medios porteños. Creo entonces que puedo darme el permiso de afanarme a mí mismo; voy por algunos fragmentos de ese diálogo ilusorio que tuve con un militar que –insisto– ante todo y finalmente, como aspiración máxima fue un “ciudadano”.

¿Qué diría don San Martín si se asomara a esta patria, al compás del (neo)liberalismo rifatizada, loteada, y sembrada de hambrientos y analfabetizados, azotada por dictaduras militares apoyadas por perversos civiles; una patria poblada de buitres y de ingenieros de oficina que guardan sus fortunas en los bancos de “paraísos” fiscales lejanos, y que, a todo esto, se sienten mesías salvadores… Mesías en el trono patético de sus reposeras. Voy por un pequeño tramo del diálogo ilusorio:

 

–Don José, frente al poder del sagrado “Mercado” que usa la democracia como condón, ¿qué poder real puede tener una biblioteca?

–“La biblioteca es más poderosa que nuestros ejércitos”.

–Suena a música. Descorcho un vino de nuestra Mendoza… y brindo por el general ciudadano. ¡Salud!

–“Las ciudades multiplicadas se decorarán con el esplendor de las ciencias y las magnificencias de las artes.”

–Libros, ciencias, artes, científicos, Conicet… han padecido aquí exilios, bastonazos, gas pimienta, fuego.
–“Querer detener con la bayoneta el torrente de la opinión universal… es como intentar la esclavitud de la naturaleza. Los triunfos efímeros de las armas, descubrirán su impotencia contra el espíritu de la libertad… La patria no hace al soldado para que la deshonre con sus crímenes, ni le da armas para que cometa la bajeza de abusar de estas ventajas ofendiendo a los ciudadanos con cuyos sacrificios se sostiene.”

–Qué curioso, usted, un general victorioso, rechazó pronto la posibilidad de gobernar.

–“He tenido la desgracia de ser hombre público.”

–Lo que tantos ambicionan usted lo llama desgracia.

–“Porque estoy convencido de que serás lo hay que ser, si no eres nada.”

–Pero usted al Poder lo tenía servido en bandeja. Era un presidente cantado, y sin la vergonzosa necesidad de que le escriban los discursos.

–Siento una “espantosa aversión a todo mando político.”

–Justo usted vino a tener esa aversión. En el siglo XX, después de un tal Uriburu, no se imagina la de presidentes sin Congreso ni urnas que tuvimos.

–“El empleo de la fuerza, siendo incompatible con nuestras instituciones, es, por otra parte, el peor enemigo que éstas tienen… Años de una libertad que no ha existido, deben hacer pensar a nuestros compatriotas.”

–Usted pudo ser un gobernante ejemplar.

–“¿Cuáles serían los resultados favorables que podrían esperarse” de mi persona “entrando al ejercicio de un empleo, con las mismas repugnancias que una joven recibe las caricias de un lascivo y sucio anciano?”

–¿Y si la patria se lo pide en este año 2020? Usted no se imagina la cantidad de almidonados, caceroleros y caceroleras que le pedirían que tire la Constitución al calefón, que tapie el Congreso, que participe de un banderazo alrededor del obelisco y que venga a poner Orden.

–“¿Será posible que sea yo el escogido?”

–Supongamos. Usted es el escogido. ¿Acepta ser el sumo Presidente?

–“No. Jamás, jamás.”

–Pero don… es la república naufragante la que lo está llamando.

–“Mil veces preferiría correr y envolverme en los males que la amenazan, que ser yo el instrumento de tamaños horrores.”

–Cierre los ojos, imagine. Una multitud en la Plaza de Mayo… “¡Se siente/ se siente/ don José está presente!”.  Arrecia el clamor porque usted no sólo es Martín, es “san” Martín. Queremos un redentor, queremos otro papito que nos evite la incomodidad de pensar y de ser libres.

–Le dije: “el que se ahoga no repara en lo que se agarra.”

–No es delirio: usted hoy, en el 2020, es el candidato.

–“¿Será posible, sea yo el escogido para ser el verdugo de mis conciudadanos, y cual otro Sila, cubra mi patria de proscripciones?”…

–Tendría el apoyo inmediato de la gendarmería y de…

– “No quiero llorar la victoria con los mismos vencidos… Jamás. Jamás.” Insisto: “La patria no hace al soldado para que la deshonre… Cada gota de sangre que se vierte por nuestros disgustos me llega al corazón. Paisano mío, hagamos un esfuerzo…”

–Entonces, podremos contar con usted.

–Sí, podrán contar conmigo pero no como “verdugo de mis conciudadanos. Mi sable jamás se sacará de la vaina por opiniones políticas. Si algún día se viese amenazada la libertad… disputaré la gloria de acompañarles para defenderla. Como un ciudadano.”

–Eso necesitábamos escuchar. ¡Salud, por usted ciudadano!

–Soy “un general que, por lo menos, no ha hecho derramar lágrimas a su patria. No se acuerden de mí para ningún mando.”

–¿Y si, porfiados para la sumisión, le rogáramos que asuma un salvador gobierno de facto?

–“Alto aquí. Voy a embarcarme… Adiós, mi querido amigo.”

–Espere espere, no se nos vaya. Ya basta de exilio y de puerto con niebla y de Ezeiza. Que el tango sea canción y no forma de vida. Don José, quédese.

–“Paisano mío…”

–Viva aquí su eternidad. Nosotros trataremos de aprender a ser ciudadanos. Basta de hipotecar el futuro… Atención, ¿escucha ese rumor?

“Es la tempestad.”

–Pero, ¿hasta cuándo estaremos en tempestad?

–Valor. “Es la tempestad que lleva al puerto.”

–Don José, la tempestad está arrancando ventanas y volteandopuertas… ¿Qué hacemos? Los bonistas buitres y el Riesgo País nos comen por las patas.

–“Seamos libres y lo demás no importa nada.”

–Seré curioso, dígame: ¿Por qué está tan inquieto si esta tempestad nos lleva al puerto?

–Porque “la primavera se aproxima y no alcanza el tiempo para lo que hay que hacer.”

 

Posdata

El eco de la frase se queda adherido a la memoria del aire… “lo que hay que hacer.

Esa es nuestra cuestión: habiendo tanto que hacer, azotados por una pandemia mundial, hambreados y analfabetizados, persiste en muchos la necesidad de odiar, persiste la malaleche, persiste la desmemoria que garantiza la impunidad de quienes la pasaron macanudo antes, cuando no había democracia, y la pasan macanudo ahora, que la hay. Pero el problema radica en que estas damas y caballeros no sólo no hacen, ¡no dejan hacer! Necesitan el odio como razón de vida. Viven para la zancadilla. Denuncian la “grieta”, pero ellos cada día la ahondan: viven celebrando enfermedades y epidemias. Pero ojo al piojo: no caigamos en la tentación. No hay que prohibirlos, no hay que reprimirlos. Nada de gas pimienta, nada de balas de goma o de las otras. Eso sería como condecorarlos.

En fin, sigamos trabajando y soñando, desde la buenaleche. Estamos en pulseada, desde siempre. Durmamos con un ojo abierto y el otro también. Y no olvidemos lo que decía el militar ciudadano, don San Martín: “no alcanza el tiempo para lo que hay que hacer”.

 

 

 

zbraceli@gmail.com   ===    www.rodolfobraceli.com.ar

 

((Esta es una versión ampliada de la columna que se publicó el domingo 16 de  Agosto de 2020, en la edición online del diario JORNADA, de Mendoza.))

 

Foto: Archivo Portal de Parque Chas

 

 

 

 

 

 

 

Portal de Parque Chas

Redacción

Deja una respuesta