Carlotto, hasta la memoria siempre


 

 

 

El martes 5 de agosto del 2014 después de Cristo, un país que (pese a los buitres de  afuera y, sobre todo, de adentro) se sigue llamando Argentina, ganó el más esencial de los campeonatos mundiales, el de la Memoria hacedora de Vida, es decir, de futuro.

 

por  Rodolfo Braceli

 

Estela de Carlotto anunció la resurrección del nieto 114. Esta vez, esa “vieja terca y chiflada”, presidenta de Madres Abuelas de Plaza de Mayo, dijo que el nieto encontrado (hasta ayer Ignacio Hurban) era su nieto, Guido Montoya Carlotto. Lo buscó durante 36 años. Durante el anuncio Estela fue una antorcha de luz. La felicidad de su semblante rompió diques y se desparramó por todo el país: el mundo nos miraba y admiraba. Pero tanta felicidad, sembrada durante décadas, no la distrajo. Estela pensó, desde su condición de madre abuela partera, en los cientos de nietos que siguen secuestrados de identidad. Y dijo: “Como faltan muchos, tenemos que seguir buscando.”

 

Los jugadores de la selección que hace dos meses participaron de un conmovedor aviso publicitario sobre los nietos desaparecidos con vida, también celebraron invocando más memoria. El hoy idolatrado Mascherano, fiel a su estirpe luchadora, escribió en su twitter: “A seguir por los que faltan!!!” Y lo dijo con tres signos de admiración, con la vehemencia que le mete a sus arengas de vestuario.

 

Mascherano nació 6 años después de la desaparición con vida de Guido Carlotto. Qué saludable que los ídolos del fútbol estén despiertos, comprometidos con la memoria.

 

Y hay que reiterarlo, porque quedan alrededor de 400 secuestrados. Sucedió aquí: a partir de 1976 no fue suficiente con violar las vidas tortura mediante, se violó las muertes negando sepultura y, como yapa, se afanó criaturas desde la placenta. Esto, en nombre de la patria. Pero en nuestra Argentina, donde se desnucó la condición humana, también suceden cosas prodigiosas. Como estos embarazos que duran más de 30 años.

 

Precisamente, ya cumplió sus 30 años la democracia: ¿cuál fue la mejor noticia que tuvimos? La de los nietos recuperados. A esa noticia luminosa los grandes diarios y canales y radios, los pulpos medios, no tuvieron más remedio que publicarla, que emitirla. Pero lo hicieron desde la miserabilidad del ninguneo. Fue así, con la aparición de cada nieto. Salvo ahora, que no tienen más remedio que sumarse al coro de admiración mundial por la aparición del nieto de Abuela Carlotto.

 

Comparemos: ¿cuántos kilómetros de papel, cuánto tiempo le dieron nuestros diarios y radio y canales pulpos, por ejemplo, a las alcahueterías de farándula, o a las apariciones de secuestrados de apellidos famosos? ¿Y cuánto espacio y tiempo le dieron a las apariciones de los anteriores 113 nietos recuperados?.

 

Diferencia abismal. Así es: el impacto internacional con Carlotto les impidió el ninguneo. Y los grandes descomunicadores no tuvieron más remedio que darle aire y papel a la gran noticia, a pesar de que era una “buena noticia”.

 

Hoy, como cuando gobernaba ese fanático de la democracia que fue Alfonsín, los pulpos medios siembran histeria, sensación de ingobernabilidad y de fin del mundo. Pero esos medios han hocicado ante la inconmensurable noticia del nieto 114. Guido Montoya Carlotto nació a los 36 años gracias a la amorosa porfiadez de las Madres Abuelas, esas viejas locas que consiguen lo imposible sin una bala, sin una sola pedrada.

 

Hace 15 años –agosto de 1999–, publiqué el libro “Madre argentina hay una sola”, que escribí con mi hijo Juan Andrés. Le dediqué un capítulo a Estela de Carlotto, a su hija Laura, a su nieto afanado al nacer en el Hospital Militar. Escuchemos a aquella Carlotto:

 

“–Lo de las madres y abuelas es sencillo: transformar el amor en lucha, el dolor en lucha y el miedo en lucha. Basta de escondernos abajo de la cama. Estos años desafiamos todo, hasta el calendario. (…) Somos mujeres viejas ya. La vicepresidenta de Abuelas tiene 80 años. Rosa y yo teníamos otro programa para nuestras vidas en la vejez: quedarnos tejiendo, con los nietos alrededor, atendidas. Pero ahora, en cambio, estamos luchando, sin descanso, ignorando las ñañas que tenemos en todo el cuerpo. Nos damos cuenta, de repente, que caminamos más lento. O que tenemos la cabeza blanca por las canas. Pero no importa… Hace muchos años, cuando nuestra lucha parecía totalmente imposible, decíamos: ‘Ya van a ver que los chicos van a venir a buscarnos.’ Y esta frase loca ya se empezó a confirmar.

–Si pudiese ver a su Laura hoy, unos minutos, ¿qué haría, qué le diría?

–No sé (Carlotto respira hondo, un muy largo silencio.)… supongo que la abrazaría. A veces sueño que Laura vuelve… No no, esto no me lo tenés que preguntar… Pero bueno, he soñado que ha vuelto Laura y yo le decía:Entonces no estás muerta, estás viva’… Y la abrazaba y la abrazaba… Ay, la pregunta es fuerte pero me sirve para preguntar: ¿existe un cielo?… Para mí ese cielo existe. Y allí está Laura… Entonces ese abrazo se lo daré allá. Porque yo sé que aquí a ella no la veré más. Al que tengo que ver aquí, en la Tierra, es al hijo de Laura, a Guido, mi nieto…”

Y esto acaba de suceder. Guido buscó a su abuela. Y la encontró. Y la alegría galopó hacia todos los cardinales de nuestra Argentina. Una alegría solar de la que están participando todos los bien paridos.

Propongo besar con brindis a esas madres que convirtieron la desesperación en militancia del pulso. Las trataron de chifladas: incluso en democracia, las quisieron quemar con indiferencia y olvido. Pero no pudieron: las locas parteras vencen cada día.

Pronto, un espejo para mirarnos muy adentro. Afrontemos preguntas cruciales:

–Permiso, Memoria. Permiso, Conciencia: ¿Qué sería de nosotros si Ellas, las locas Madres, no existieran?

¿Qué quedaría de nosotros si Ellas no hubieran salido a alumbrar la más eterna de las noches? ¿Qué sería de nosotros? ¿Qué? ¿Estaríamos de pie o en cuatro patas? ¿Estaríamos?

 

Reconozcámoslo: sin ellas alumbrando, esta patria hoy sería un definitivo agujero con forma de mapa. Y de tanto tocar y tocar fondo, habríamos desfondado el abismo. Pero ellas nos enseñaron: 1) a sembrar el abismo, 2) que la paciencia no es resignación, 3) que la esperanza, como la democracia, es un insomnio sin feriados, y 4) que la memoria (eso que fastidia a tantos) es la forma más ardua del optimismo.

Salud por ellas, ¡y hasta la memoria siempre!!!

 

 

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*  rbraceli@arnet.com.ar =.=    www.rodolfobraceli.com.ar

 

Esta columna fue publicada en el diario JORNADA EL 8 /08/2014

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