Hijos y nietos al espiedo

 

 

 

 

Madremía, madretuya, madrenuestra: 49,6 grados en Canadá. Ojo, no es el clima el que está loco…

 

 

Por Rodolfo Braceli*

 

No. No caigamos en la impune comodidad de echarle la culpa al clima: la culpa es de los gerentes de la raza humana. Que insisten con violar alegremente a la madre Pacha. La noticia brotó hace un par de semanas desde la agencia AFT y nos desayunó con estas palabras:

 

    “Una histórica ola de calor azota a Canadá y causa preocupación entre las autoridades y la población, puesto que ya provocó la muerte de centenares de personas. En un país con temperaturas promedio de 25 grados durante el verano, en los últimos días el termómetro superó los 49 grados. Pero, ¿qué es lo que causa este fenómeno? Los meteorólogos explicaron que estas condiciones climáticas sin precedentes están siendo causadas por una ‘cúpula de calor’, que afecta el oeste de Canadá y partes del noroeste del Pacífico de Estados Unidos.

 

“Una cúpula de calor es un término no oficial que se le da a un área de aire caliente en lo alto de la atmósfera. Esto permanece sobre un área durante un período prolongado de tiempo, concentrando el calor debajo.

 

“Las olas de calor son cada vez más frecuentes e intensas a medida que las concentraciones de gases de efecto invernadero provocan el aumento de las temperaturas globales. Empiezan antes y terminan más tarde, y se cobran un precio cada vez mayor en la salud humana y en los sistemas sanitarios”, advirtió la Organización Meteorológica Mundial con sede en Ginebra.

 

Los record en el fondo nos fascinan, y nos entretienen. Reanudo conceptos frecuentados por esta columna. A esta altura, la realidad nos autoriza a corregir a la Real Academia Española y Argentina: ahora sí que podemos hablar con propiedad del calor y de la calor. Estamos en las puertas de un planeta al espiedo. Ya pisamos el umbral. Esos casi 50 grados en Canadá constituyen una advertencia concreta, a partir de una cifra insólita, y gravísima. La curiosidad termina por anestesiarnos. El acostumbramiento garantiza la impunidad. Aquí hay res-pon-sa-bles. En primera instancia el responsable es el neoliberalismo que desde hace rato basa su éxito en el exterminio del equilibrio ecológico. Muchachos como Bolsonaro, como Trump se cantan (por no decir se cagan) de la risa de las reuniones cumbres destinadas a una urgente reflexión sobre el drama climático; drama que dejó de ser una posibilidad, que ya llegó, que ya está aquí.

 

Seguro que hay responsables. ¿Por ejemplo? Los gerentes que hicieron decapitar, en este planeta, casi 16 millones de hectáreas de bosque. A las tremendas cifras, ¿quién las carga? Señoras y señores, no las carga el diablo. Las cargan quienes se autoelogian cuando se autocalifican como “Primer Mundo”. Es decir: los hacedores de hambre, misiles, guerras preventivas, analfabetismo y analfabetización. Las cargan los poderosos del mundo –neoliberalismo mediante– sin pudor, con alevosía: sólo les importa el bienestar de una mínima porción de humanos.

 

A la vista está: el capitalismo neoliberal en las reuniones cumbre “hace como que” se preocupa por el medio ambiente. Mientras tanto, se apodera de trozos de mapa que incluyen lagos. Adiós agua, adiós. A cara descubierta, nos están afanando millones de hectáreas que, desde antes de Adán y Eva, nos pertenecen a vos, a mí, a nosotros. Y están pudriendo el aire y pudriendo el mar. Y están degollando millones de hectáreas de bosques. Las consecuencias las pagan, en primer lugar, los señalados como el “Tercer Mundo”. Pero también, más pronto que tarde, las paga el planeta entero.

 

La impunidad se alimenta de la desmemoria, apañada por los medios de (des)comunicación. Hablando de “desmemoria”: hoy, en el 2021, ¿alguien se acuerda del terremoto (y del tsunami) que padeció Haití el 12 de enero del 2010?  Aquel desastre se cobró más de 315 mil muertos. Además, 300 mil heridos y un millón de pobrísimos que perdieron su paupérrimo hogar. Ciento de miles de hambrientos y sedientos sirvieron para exhibir el espasmo de la falsa solidaridad de los países centrales. Por ejemplo: el Imperio Norteamericano envió 10 mil soldados a Puerto Príncipe. Por entonces Hugo Chávez puso dedito en llaga, dijo: “¿Esto es ayuda o es ocupación?” No tuvieron más remedio que darle la razón, justamente a Chávez, los 27 miembros de la Unión Europea, con Francia a la cabeza. La Europa entera calificó de “ocupación militar” a la caridad presencial de los 10 mil soldados yanquis. (Por favor, muchachos, ¡no nos salven más!)

 

Aunque nos resulte duro, reflexionemos: mientras sucede el festival de los misiles, asistimos a un tsunami que no cesa. ¿Cifras? Más de 1.400 millones de humanos agonizan con un ingreso de 2 dólares por día. El 20 por ciento de la humanidad carece de su pan diario. Y atención: 26 apellidos –26 personas– tienen una fortuna que supera a las posesiones de 3 mil millones de –personas– pobres. Evidente: la obscenidad desnuca todos los absurdos habidos y por haber. Mientras tanto, en estos pagos hay gigantescos ricos que se niegan a pagar aun el insignificante impuesto a las grandes riquezas. Y esto sucede  ¡en tiempos de pandemia! Qué vergüenza. Qué asco. Qué asquerosa vergüenza.

 

Así es que estamos en el borde mismo de la última cornisa, peligra el equilibrio planetario. No hace tanto, en el 2009, se gastaron unos 850 mil millones de dólares en armas asesinadoras. Y para la asistencia alimentaria, ¿cuánto se invirtió entonces? No se invirtió la mitad, ni la mitad de la mitad, ni la mitad de la mitad de la mitad… Se “gastó” 170 veces menos. Limosna obscena.

 

El caso es que el Apocalipsis de la pobrísima Haití se podría remontar en dos patadas. Eso, con el equivalente de lo que Norteamérica invierte en gastos bélicos de un día, de sólo una hora. Pero claro, suspender la eficacia de los genocidios preventivos sería una locura. Mientras el planeta es violado por aire, mar y tierra, estamos funestamente distraídos. Dále que va. ¿En el horno no vamo’ a encontrá’?

 

¿Parece delirio? Hace una década los distraidores medios de (des)comunicación informaban  campantes, como “curiosidad”, que “por el cambio climático, hasta los esquimales necesitan refrigeración”. Los inuit, en el Québec, hace rato que instalan aparatos para afrontar el calor. Tal cual.

 

Con frecuencia, ante temperaturas extremas salen a relucir cifras: la Unión Europea marca como límite los 140 gramos por km. en los gases de los escapes. De las 20 marcas más conocidas sólo 3 estaban por debajo de ese nivel. Los países del Primer Mundo regalan su dignidad ecológica a las dictaduras de las multinacionales. La cumbre Mundial de París entregó un informe escalofriante: “La temperatura media de la Tierra subirá entre 1,8 y 4 grados en cien años y el nivel de los océanos aumentará unos 59 centímetros.” Y dále que va.

 

La atroz realidad es que el famoso ser humano, en sólo 50 años destruyó y/o pudrió más que en toda su historia. Minga de 4 (cuatro) estaciones. Dále que va. No sabemos si el que nombramos Dios tiene látigo, pero la que sí tiene látigo es la Naturaleza. Ella es violada a rajacincha por los países buitres a través de un sistema, por ahora triunfante, el neoliberalismo, tan descaradamente adicto a los genocidios preventivos. Por otro lado la religión del consumismo devora de un modo suicidante los recursos primordiales del planeta.

 

Un detalle: los mayores desastres caen, por empezar, sobre áreas hambreadas. Pero ojo al piojo: hace unos años un corte de electricidad afectó a 50 millones, pero de arranque, ojo al piojo, a Nueva York. Entonces la multitud salió a las calles solidarizada por el espanto. ¿Atentado o consecuencia del calor y de la calor? Por otro lado, Europa sudó la gota gorda, jadeó. Suiza, la de los bancos preferidos por los usureros nativos, en el 2007 tuvo el junio más sofocante ¡en 250 años!

 

Ya no basta con ser del Primer Mundo para escapar a las consecuencias de lo que le hacen al planeta los gerentes del mundo. La madre Naturaleza pierde la paciencia, se calienta. Y pronto se va a hartar de los criminales civilizados, de los exitosos buitres de corbata y chaleco. Cuando se le acabe la paciencia, la madre naturaleza y la Pachamama dirán “basta”. Y ya no habrá obscenas diferencias entre Primer y Tercer Mundo.

 

¿Caeremos en el triste consuelo del “mal de muchos”? Cagaremos fuego, debido a la indiferencia activa. Mientras sucede esta condición humana al espiedo, tomemos conciencia de nuestra abulia digestiva.

 

En este 2021, otra vez la incómoda pregunta: los 3 mil millones de pobres, ¿cuándo perderán la paciencia? ¿Está lejos el día en el que golpearán las puertas de los “26” seres humanos que tienen una fortuna inconmensurable, inconcebible?

 

La reciente noticia nos comenta, respecto de casi 50 grados de calor de Canadá, que esto es sólo la punta del iceberg.

 

Duele en el cuerpo y duele en el alma decirlo: sólo faltan instantes para que nuestros hijos y nuestros nietos se retuerzan de sed en un planeta al espiedo. Es evidente: nos hacemos gárgaras con el cinismo y la obscenidad. Preguntas: ¿Podríamos tener a bien despertar a nuestras conciencias digestivas? ¿Cuánto nos falta para aprender que libertad debe ser sinónimo de solidaridad? Eso: no hay libertad genuina si no se practica desde la solidaridad. ¿Esto es una indirecta para los antivacunas, los antibarbijos y los que se quejan por las cuarentenas impuestas a quienes retornan al país luego de pasear por el exterior? Damas y caballeros: sí. Es una indirecta directa.

 

 

zbraceli@gmail.com   

  www.rodolfobraceli.com.ar

(Esta es una versión ampliada de la columna originalmente publicada en el diario JORNADAONLINE, de Mendoza)

foto: Twitter/@BCGovFireInfo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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