11 de setiembre: las Torres, la Moneda, Bolsonaro, les maestres y ¡la primavera!

 

 

 

 

 

Ya quedó atrás, pero nunca es tarde para reflexionar sobre el 11 de setiembre. Nuestra memoria respecto de esa fecha, suele ser sugestivamente mezquina. Un 11 de setiembre sucedió el derrumbe de las Torres Gemelas, pero además, en otro setiembre, se perpetró el bombardeo a la Moneda, con la consiguiente muerte de Salvador Allende. No es todo, últimamente asoma un Bolsonaro que sin pudor quiere dinamitar la democracia de su país y con ello arrastrar a la de los países latinoamericanos. Todo esto acontece mientras sucede la celebración del Día de la maestra y del Maestro… y entretanto, ¡la primavera!

 

 

Por Rodolfo Braceli

 

La conmemoración de las maestras y maestros alude a la muerte de Sarmiento. Costumbre argentina: recordamos a nuestros próceres por el día de sus muertes. Dicho sea de paso: Sarmiento nació el 15 de febrero de 1811. Y dicho sea también: ¿qué hubiera dicho Sarmiento sobre gobiernos (neo)liberales que recortaron los presupuestos destinados a las escuelas públicas? ¿Qué rebajaron el Ministerio de Educación a Secretaría? Asistimos a la apropiación alevosa de palabras como república, libertad y Sarmiento. A algunos elogiadores actuales de Sarmiento, el vehemente sanjuanino los hubiera repudiado con sus furiosos “puños llenos de verdades”. Sarmiento, más allá de sus desmesuras y violencia de época, no era como estos hijos del marketing; él soñaba y hacía. Nada de reposeras. Aquella Argentina no sólo fue el granero del mundo sino, además, un ejemplo continental por su “escuela pública”. Un detalle: quien se asome a sus libros advertirá que si algo aborrecía Sarmiento, era justamente el culto de la vagancia.

 

Digamos de paso que casi siempre se disimula el rol fundamental que tuvo Sarmiento en la ley 1420, la que promueve la educación común, gratuita y obligatoria. Y además, laica. Alumbremos eso, tan soslayado. Y sigamos con nuestro ejercicio de memoria, convencidos de que con la memoria no se retrocede, al contrario, se semilla un futuro diferente y mejor. Reanudo conceptos vertidos en esta columna a lo largo de una docena de años. Ante todo detengámonos en el  “11 de setiembre” del 2001. Ese día asistimos a una tragedia de origen confuso, oscuro: el derrumbe televisado de las Torres Gemelas de Nueva York. La tremenda atrocidad de la aniquilación de las Torres Gemelas con sus muertes sirvió a las pocas horas para justificar guerras y genocidios preventivos. Incluso sirvió para naturalizar la tortura como recurso necesario. Estos años se llegó al colmo de nombrar a las torturas con un eufemismo de cinismo atroz: en vez de “tortura” ahora se dice: “Interrogatorios exigentes”.

 

Sigamos revisando el pasado, si es que queremos construir un futuro decorosamente humano. Ahí tenemos, casi traspapelado, otro “11 de setiembre”, el de 1973. Ese día fue bombardeado en Chile el Palacio de La Moneda; una triste hazaña craneada por la mente brillante de un estadista serial, Henry Kissinger. Salvador Allende pudo haberse escapado, pero decidió morir en el sitio para el cual había sido elegido democráticamente. El suyo fue el primer gobierno marxista elegido mediante las urnas. Kissinger, una especie de Bin Laden de traje, corbata y chaleco, dispuso sus avioncitos devastadores. El daño que se le hizo a las democracias del mundo con la asesinación de Salvador Allende, es inconmensurable, un daño que no cesa.

 

El caso es que el 11 de setiembre chileno (¡y latinoamericano!) nos trae al presente a Salvador Allende, un político de palabra y de cojones que, pudiendo rajarse, como tantos, eligió el coraje de suicidarse. Así es: Salvador Allende no se las tomó, no le dio vacaciones a su dignidad, murió exactamente donde debía. Para eso fue elegido por las urnas, tan ofendidas en estos tiempos. No está demás reiterarlo: Allende, como muy pocos estadistas en la historia de la humanidad, estuvo a la altura de la fe que millones de seres le tenían. Nada menos. Me gusta reiterarlo: el “Chicho” murió en estado de democracia. Damas y caballeros, ¡qué par de güevos!

 

Muchos autodenominados “comunicadores” prefieren medir las tragedias por su costado cuantitativo. Aun desde este criterio, el 11 de setiembre de1973, cuando se profanó y violó la democracia encarnada por Salvador Allende, se cobró, en vidas, alrededor de diez Torres Gemelas.

 

 

La fuente del alba  

 

Hacer memoria resulta por demás incómodo. Pero es imprescindible hacerlo: en el día de los maestros y de las maestras nos viene el rostro de Carlos Fuentealba. ¿Nos suena ese nombre? Para los distraídos y olvidadizos traemos ahora la recordación de un día aciago del año 2007.  A los desmemoriados que practican la indiferencia activa les recordemos que Fuentealba era un joven maestro que fue fusilado por la anuca en la ruta 22, en una represión ordenada por un tal Sobisch, por entonces gobernador de Neuquén, aspirante a presidente de la república. Carlos era maestro, profesor de química, fue asesinado cuando tenía 40 años y siete meses de edad. No alcanzó a celebrar el día del maestro del año 2007, ni pudo celebrar el reciente 11 de setiembre del 2021.

 

Un detalle: el matador de Fuentealba, el excabo Darío Poblete, fue condenado a Prisión perpetua. Los que no recibieron juicio ni condena fueron los que ordenaron esa represión. Argumentaron que “fue un accidente”, “una casualidad”. Y algo peor dijeron: que Fuentealba “se la buscó”.

 

Nadie apunta a la nuca de un humano que piensa diferente “por casualidad”.

Nadie se toma atribuciones del Dios que comulga hincado y dice venerar, y le quita la vida a un humano “por casualidad”. Señoras y señores: nada hay menos casual que “la casualidad”.

 

El caso es que, hablando de maestros, un día de abril del año 2007 después de Cristo, la protesta de los docentes fue reprimida y se bebió la vida entera de un padre de dos hijos, maestro, en Neuquén. El entonces gobernador Sobisch asumió “la responsabilidad política”. Sin querer provocó una reacción en cadena de conciencias bastante distraídas.

 

Sabía muy bien el señor Sobisch que las muertes “acarrean un peligroso costo político”. Él sólo quería “imponer orden” dando palos y metiendo miedo; escarmiento para los quejosos maestros. Pero claro, como tantas veces se les fue la mano a los agentes del “orden”. Hoy no se puede negar que esos “ordenadores” traducen los sentimientos y pensamientos de demasiados muchos que a la Constitución cada dos por tres la usan de papel higiénico. Y/o de forro. A la Constitución y a la democracia también. Piensan con el corazón del bolsillo, adhieren al (neo)liberalismo que arrasa con generaciones y siembra a mansalva no sólo soja, además siembra analfabetismo y analfabetización.

 

Mientras tanto, los antibarbijo y antivacunas y antitodo a coro siguen diciendo: “Estamos contra el aborto, ¡la vida es sagrada!”  A esas gentes les tomamos la palabra. A Carlos Fuentealba, maestro, lo borraron mediante un aborto posterior. Porque hay abortos “antes de” y, aunque suene contradictorio, hay abortos “después de”. Hay abortos en el vientre de las mujeres madres. Y hay abortos en el vientre de la Vida misma. Si se entiende por aborto la “interrupción de una vida”, en este caso la vida del maestro Fuentealba fue interrumpida, de cuajo, con el beneplácito o la indiferencia activa de los que no dejan de proclamar que “la vida es sagrada”. No olvidemos, además, que la democracia latinoamericana, Chile mediante, también fue violada, abortada.

 

    Posdata. Abundan en estos tiempos caceroleros y libertarios los que al maestro Fuentealba insisten en señalarlo. Siguen diciendo: “Él se la buscó”. Por eso le calcinaron la cabeza. Claro, ¿a quién se le ocurre pensar y, encima, pensar diferente? ¿Viva el Orden? ¿Viva la Mano Dura? ¿Viva el método Bolsonaro? ¿Viva el aborto posterior? Pero caramba, ¿no será que estamos diciendo “viva la muerte”? A propósito de Bolsonaro, en el pasado setiembre estuvo elucubrando  un alevoso autogolpe de Estado. A los autodenominados libertarios de aquí y de allá la verdadera democracia les produce arcadas. Vomitan violencia y tiene el corazón anegado de odio.

 

Volviendo a Fuentealba. Debemos admitir que aquel comprometido maestro realmente andaba en “algo” muy, pero muy peligroso, para el (neo)liberalismo: estaba trabajando en un plan para alfabetizar albañiles. Se escuchan voces: Carajo o caramba, joven  Fuentealba, pero ¿qué es esto de andar por la vida al-fa-be-ti-zan-do?

  

Consideremos que el mejor modo de vadear el luto es la reflexión. Estos tiempos del 2021 vienen bravos; vemos asomando por ahí hasta un ex presidente que se canta en los plazos democráticos. Ojo al piojo. estamos en pulseada. Y la pulseada es eterna. No nos podemos dar el lujo del desánimo. No, no bajemos los brazos. Encontremos ánimo sabiendo que por estos días ha venido a estar con nosotros otra primavera. Eso sí: para que la primavera nos suceda hay que estar despabilados, despiertos ¡y vivos! Hacer memoria es un acto cívico primordial. Vacunarse es también un acto de solidaridad. No le aflojemos. No nos aflojemos. La impostergable primavera cuenta con nosotres. Y recordemos, parafraseando el poema canción, que nosotros somos mucho más que tres.

 

 

* zbraceli@gmail.com  

www.rodolfobraceli.com.ar

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(Esta nota es la versión ampliada de un texto originalmente publicado por su autor en el diario Jornada de la provincia de Mendoza)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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