¿Así que Dios es argentino? No jodamos.

Parece mentira, hace rato que estamos en ese siglo 21 que nunca llegaba. Ya en el marzo del 2019, hace casi 203 años que declaramos nuestra Independencia. Tiene un gustito agridulce la palabra “Independencia”. Carajo o, si prefiere, caramba: ¿no será tiempo, por fin, de aprender que para “crecer” no basta con cumplir años de edad?

    

 

Por Rodolfo Braceli
zbraceli@gmail.com

 

Parece mentira, hace rato que estamos en ese siglo 21 que nunca llegaba. Ya en el marzo del 2019, hace casi 203 años que declaramos nuestra Independencia. Tiene un gustito agridulce la palabra “Independencia”. Carajo o, si prefiere, caramba: ¿no será tiempo, por fin, de aprender que para “crecer” no basta con cumplir años de edad?

Con casi 203 años de edad vale pena reflexionar.

¿Es incómodo? Que lo sea. Buscando reflexión, vuelvo por conceptos vertidos en esta columna y propongo afrontar una serie de preguntas que oscilan entre patrióticas y metafísicas.

Allá vamos, para verificar si, realmente, “Dios es argentino”. Eso venimos diciéndonos, según pasan las generaciones. Suponiendo que fuese así: los argentinos, ¿qué peaje pagamos para llegar a la posesión de ese Dios que nos “privilegia”?

Si resultase que Dios es nomás argentino, ¿por qué permite que nos engañen y nos engañemos con la idea de que estamos “condenados al éxito” y de que somos “inevitablemente superiores”? A ver: ¿alguien en este mundo arregla las cosas con alambre y palito mejor que nosotros? ¿Acaso somos superiores porque cuando no es Fangio es Ginóbili, cuando no es Ginóbili es Maradona, cuando no es Maradona es Messi? Más los cuatro climas, más el dulce de leche, más el Sumo Papa, más la lora…

Dicho sea: por generaciones nos criaron convencidos de que éramos “los mejores del mundo”. Esta creencia atravesó a las tres clases sociales. Pero la calamidad y el “riesgo país” nos tumbó del caballo y ahí empezamos a decirnos que “éramos los peores del mundo”. Tampoco eso era cierto y entonces encontramos consuelo diciéndonos que somos “el país más inexplicable del mundo”. No había, no hay caso: siempre somos “los más”. Madremía.

Continuemos con don Dios. Si es argentino, a ver ¿por qué nos inundamos o nos azotan las sequías?

Si Dios es argentino, ¿por qué llueve los fines de semana?

Si Dios es argentino, ¿por qué nos bendice con la maldición exterminadora de la soja?

Si Dios es argentino, ¿por qué somos adictos al dólar, y por qué loteamos pedazos de mapa, y por qué no hay caso con la inflación?

Si Dios es argentino, a ver ¿por qué aquí el que no afana es un gil y el que no es un gil es un subcampeón y el que es subcampeón es un flor de pelotudo?

Si, como alardeamos, Dios es argentino, ¿por qué terminamos el siglo pasado convertidos en un agujero con forma de mapa? (Recordemos que ni los mástiles nos quedaron. Desgracia con suerte, porque, ¿qué bandera hubiéramos izado al terminar el siglo?)

Sigamos. Si Dios es argentino, ¿por qué extraviamos la fe y se nos traspapeló la ilusión y se nos marchitó la esperanza y, sobre todo, por qué perdimos la vergüenza?

Si Dios es argentino, ¿por qué tropezamos dos veces y tres y veinte veces con la misma piedra? (Léase, ¿por qué una y otra vez cometemos el neoliberalismo, por qué nos suicidamos con el Fondo Monetario?)

(Dios mío, Dios tuyo, Dios nuestro, ¿qué sería de nosotros, ya holgadamente bicentenarios, si Dios no fuera argentino…)

Por favor, nos seamos cómodos: no cancelemos los interrogantes; no le mezquinemos el poto a la jeringa; ya que estamos, afrontemos un puñadito de interrogantes más. Sería saludable, a propósito de los ya cumplidos dos siglos y pico de edad, que saliéramos de la indiferencia activa (y digestiva) y los bien alimentados y leídos nos preguntemos, sin anestesia: ¿qué significa para nosotros ser “independientes” como nación?

Y, antes que eso, otra pregunta crucial: ¿a cuántos en esta sociedad (incluidos el gobierno y la oposición) les importa, realmente, ser soberanamente “independientes”?

Seamos sinceros: ¿nos importa o no ser parte de una Patria Grande?

Si nos importa: ¿entonces por qué seguimos acomplejados con una supuesta superioridad, si esa superioridad en el fondo anida nuestro crónico complejo de inferioridad?

Y algo curioso: ¿Por qué sentimos que nos quedamos “afuera del mundo” apenas empezamos a “pertenecer” a esa parte del mundo que es nuestra Latinoamérica? Carajo, ¿acaso Latinoamérica no es parte del mundo?

En tren de interrogarnos, sobre los 203 años cumplidos, ¿cómo es posible que a la buitredad de afuera la alentemos y consolidemos con la obscena buitredad de adentro?

El viejo neoliberalismo –como diría el ejemplar León Gieco–, es un monstruo grande que pisa fuerte. ¿Nos da igual? ¿Será que estamos con la dignidad anestesiada? ¿Será que se nos desnucó el honor?

 

Posdata

A propósito de las reflexiones, de la memoria y el balance que nos exigen los aniversarios patrios, ¿nos importa o no nos importa dejarle a nuestros hijos y a los hijos de nuestros hijos un conato de república sumergido en una descomunal “deuda externa”, y en una enorme “deuda interna”, y en una escalofriante “deuda interior”?

Recordémonos: la deuda externa siempre se midió en dólares. Madremía. Y la deuda interna siempre se midió sumando pobreza, analfabetismo y analfabetización. Madremía. Y la deuda interior se mide sumando, a la obscena desmemoria, la paranoia hoy convertida en ideología.

No le aflojemos con los interrogantes: ¿Hasta cuándo nos engañaremos y consolaremos con la petulante creencia de que Dios es argentino? No jodamos.

Recordemos cuando el agudo cura Leonardo Castellani –aun maniatado por el corsé del dogma, como estaba– escribió que Dios tiene mucho que hacer como para entretenerse siendo argentino.

Damas y caballeros: a la vista está lo que estamos dispuestos a ver: suponiendo que el fmoso Dios exista, Dios no es ni tiene por qué ser justamente “argentino”. Considerando eso, ya es hora de que tengamos los güevos y las güevas para preguntarnos, mirándonos sin pestañear en un hondo espejo: hoy, subidos al año 2019 después de Cristo, ¿qué significa para las argentinas y los argentinos la palabra “independencia”?

A esa palabra, “independencia”, ¿la podemos pronunciar sin ruborizarnos, sin que nos queme el paladar y la lengua, sin que se nos caiga la cara de vergüenza?

 

 (Esta es una versión ampliada de la columna publicada por el autor en el diario Jornada, de Mendoza.)

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