El estadio de River exorcizado, al fin


 

 

Domingo 7 de setiembre del 2014 después de Cristo: día histórico y solar: las Madres Abuelas de Plaza de Mayo, Estela de Carlotto y Rosa Roisinblit atravesaron el verde césped del estadio de River, con sus bastones, del brazo de sus nietos que buscaron por décadas, como a otros quinientos secuestrados de identidad al nacer.

 

por  Rodolfo Braceli

 

Resulta que Ignacio Guido Montoya Carlotto y Guillermo Pérez Roisinblit son hinchas de River. La institución tuvo la muy feliz ocurrencia de homenajear a las prodigiosas abuelas con sus nietos recuperados. Allí estaban el presidente, Rodolfo D´Onofrio, los vice Matías Patania y Jorge Britos, y el secretario de Derechos Humanos, Carlos Pisoni. Cada nieto recibió una camiseta de River con el número de su aparición: Guillermo, el 68 e Ignacio Guido, el 114. El fútbol, tan utilizado para enajenación y encubrimiento, esta vez sirvió para la memoria, como pasó en este Mundial, con el ejemplar Sabella y Mascherano y Messi y esa saludable pandilla.

 

Este episodio, por haber sucedido en el estadio de River, significa con más hondura. Porque fue allí que se perpetró la final del obsceno Mundial del 78, mundial muy sospechado en su legitimidad deportiva; mundial repugnante si recordamos a los comandantes Videla, Massera y Agosti vociferando los goles a pocas cuadras de la ESMA, sitio donde se violaban vidas y muertes, y se afanaba criaturas desde la placenta.

 

Retomo conceptos que escribí en esta columna cuando se “celebraron” los 30 años del tenebroso Mundial del 78 y, antes, en un capítulo de mi libro “De fútbol somos”.           Memoremos aquel junio de la dictadura. En ese mismo estadio, Videla y Massera y Agosti, con el aire sembrado de papelitos fueron aplaudidos seis veces. Como fue aplaudido el Sumo Mussolini en el Mundial de Italia en 1934 y el Sumo Hitler en las Olimpíadas de 1936. La euforia haciéndose gárgaras con el genocidio.

 

Nunca es tarde para memoriar complicidades infames. “¿Pero hasta cuándo vamos a volver al pasado?”, protestan muchos, demasiados, usando la coartada de la (falsa) reconciliación y la necesidad de mirar hacia el futuro. Respuesta al tono: Por algo será que hacer memoria les incomoda tanto. No abonemos la cómoda confusión: hacer memoria no es retroceder, al contrario, es semillar un futuro diferente.

 

Osvaldo Ardiles fue rotundo: “Ayudamos a un proceso criminal”. Apartados los jugadores de la reflexión crítica, ¿vamos a apartar también de la necesaria revisión a los medios de descomunicación? Es cierto que había censura, pero también es cierto que la mayoría de los medios y periodistas estelares no ahorraron adjetivos para desatar euforia y crear clima de epopeya patria. Igual pasó después con la desguerra de Malvinas.

 

Pasados los años el reclamo ético y político, pienso, si no a los jugadores, debe incluir al ciudadano César Luis Menotti, el técnico. ¿Por qué? Porque siempre se mostró como un locuaz ideólogo parloteando “compromiso”, “izquierdismo”, “militancia dentro del campo nacional y popular”. No fue inocente en el Mundial 78 y menos, pasados cuatro años de barbarie, en el Mundial 82, en plena desguerra de Malvinas.

 

¿Al ciudadano Menotti se le está pidiendo el arrojo del Sargento Cabral? Nada de eso. Sólo coherencia con sus oralidades. ¿Se lo está demonizando acaso? Los archivos hablan; ahí está la revista Siete Días (24/2/82): nuestro Menotti aparece jubiloso, pegándose un abrazo con el dictador Galtieri. Inapelable. Un detalle: al otro día del gran abrazo Menotti dijo que se sintió “mal, muy mal”. ¿Y qué hizo? “Por eso dejé la concentración (en Mar del Plata), me tomé un avión y me vine al festival (de retorno) de Mercedes Sosa.” Es decir: recital y cuenta nueva. Bravísimo.

 

Algo más: por años se apeló a la coartada de que “no hay que mezclar fútbol y política”. Pregunta: ¿Y qué otra cosa se hizo con el Mundial 78? Jamás un episodio deportivo tuvo aquí mayor utilización. Sin embargo Menotti, en entrevista que le hice para La Semana (30/7/86) declaró que a los militares “no les interesaba el mundial de fútbol” (…) “sólo les preocupaba la parte organizativa”. Por algo será que los comandantes celebraron los goles rompiéndose las amígdalas en la platea del Monumental.

 

Se me dirá: pero ¿por qué tanta exigencia con un DT? Con el técnico no, con el ciudadano. Recordemos: ante el segundo levantamiento militar Carapintada que puso en riesgo la más que tenue democracia, al presidente Alfonsín le exigió que, llegado el caso, supiera “morir, entregar la vida en su despacho, tal como lo hizo en Chile Salvador Allende”. El coraje de Menotti pasará a la historia. El coraje oral, claro.

 

Éramos “derechos y humanos” y aquí la obscenidad fue desnucada. “La fiesta de todos” se consumó encima de un país sembrado de muertitos sin tumba. Aquí la pena de muerte se concretaba sin más fiscal que la cobarde picana.

 

Pregunta, frente al espejo: ¿Seríamos capaces de hacer una gran fiesta en el living de nuestra casa si en las habitaciones hubiese un velatorio familiar?

Eso pasó en el 78, más acá de nuestras narices, en el estadio Mundialista de River.

¿Por qué caceroleamos sólo cuando nos tocan el almita del bolsillo? Eufóricos, saltarines, solemos gritar “que se vayan todos”. ¿Estamos de verdad contra la corrupción? Hagámonos cargo de la más aguda y nociva corrupción, la desmemoria.

 

El estadio de River en 1978 fue el ombligo de la condición humana desnucada. La euforia mal habida anidó a los asesinadores. Fiesta en el living de nuestra patria idolatrada, mientras un infinito velatorio sin ataúdes sembraba nuestro mapa.

El estadio de River estos días exorcizó, cuando acunó a las Madres Abuelas y a los nietos recuperados.

 

Ver y escuchar para creer; oíd, oíd mortales: el domingo 7 de setiembre del 2014 fue un día histórico y solar. Sí, venció la luz. La hazaña asesinadora de los ladrones de criaturas no se salió con la suya. Venció la memoria. Venció la paciencia, que no es resignación. Venció ella, la Vida.

 

 

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rbraceli@arnet.com.ar      =.=      www.rodolfobraceli.com.ar

 

columna se publicó  en el diario JORNADA, de Mendoza, el 19 de setiembre de 2014

 

 

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