Después del impuesto al sol, ¿se viene el impuesto al beso?

 

 

 

 

 

Con el asunto de la pandemia en el mundo entero se suspendieron los besos. Ese paréntesis se nos hizo eterno. ¿Qué consecuencias tendrá en los pulsos de la condición humana? Cerrado el paréntesis de “no besos”, asoma la ocasión reflexiva, a partir del Día Internacional del Beso.

 

Por  Rodolfo Braceli*

 

Con el asunto de la pandemia en el mundo entero se suspendieron los besos. Ese paréntesis se nos hizo eterno. ¿Qué consecuencias tendrá en los pulsos de la condición humana? Cerrado el paréntesis de “no besos”, asoma la ocasión reflexiva, a partir del Día Internacional del Beso.

 

Hay “días” para lo que venga: el pasado 13 de abril se celebró el Día Mundial del Beso. La fecha refiere al beso más largo de la historia, que fue consumado y consumido por una pareja tailandesa: en un concurso estuvieron abrochados, enlabiados, durante 58 horas largas; poco menos que dos días y medio de contacto. ¿Se habrán hidratado con un pajita lateral? Madremía, madrenuestra. El acontecimiento nos tienta a una serie de chistes fáciles; preferimos no caer en eso: demasiados chistes están subcutáneamente alentados por las facilidades de la demagogia.

 

Retrocedo para poder avanzar. Si ahora me lo permiten voy a reparar una jodida imprudencia por mí cometida hace unos tres o cuatro años, a través de esta columna. Aquel texto se titulaba “Impuesto al beso” y yo comentaba que, después que el Partido Popular español –vorazmente neoliberal–, había perpetrado un impuesto que parece imposible, el “Impuesto al sol”, cualquier otro impuesto podía a ser posible en estas viñas y asfaltos del Señor. En una de esas, quién sabe, de pronto el “impuesto al beso”.

 

Recordemos que el tal “Impuesto al sol” no es joda, es un colmo de los colmos que realmente se perpetró contra habitantes españoles ejemplares. Me refiero a los habitantes que se consiguen su energía eléctrica domiciliaria limpia, recurriendo particularmente a los paneles solares. En otras palabras: que cada hogar produce su consumo eléctrico. Esto, sin afectar al medioambiente; sin mortificar al tan vejado planeta.

 

El caso  –increíble–  es que el desaforado impuestazo que se aplicó a los habitantes españoles particulares se concretó, claro, para defender los intereses de las grandes compañías que suministran electricidad Estaban alarmadas por la reducción de su clientela. Como podrá apreciarse, las libertades del Libre Mercado se van al mismísimo carajo apenas a estos supergerentes le rozan el corazón, es decir, el bolsillo. No hay caso con la buitredad de los grandes capitales antropófagos, ellos son insaciables sin mirar a quién.

 

Tarde me di cuenta que, al mencionar, delirio mediante, el “impuesto al beso”, estaba yo dándole una idea tremenda a cualquier economicista de estos que andan sueltos por allá, y por aquí también. Quiero, mediante esta columna, reparar tamaña imprudencia.

 

Damas y caballeros, ojo al piojo y a la pioja: si de la noche a la mañana se concibió nada menos que el “impuesto al sol”, en cualquier momento podría caernos del cielo el “impuesto al beso”. Mentes voraces podrían poner en funcionamiento sistemas de peajes para los besos. En tal caso deberíamos besarnos apelando a la penosa clandestinidad. Los cuerpos humanos tendrían censores, detectores de besos. Al final de cada mes nos vendría una boleta más, que se sumaría a las boletas del agua, de la electricidad, del gas. Estamos hablando de la inexorable boleta que registraría el consumo de besos.

 

Cierro esta advertencia compartiendo una reflexión, especie de levepoema, que es un momento de mi libro “La Misa Humana” (coeditado en el año 1998, por dos sellos, uno mendocino, Diógenes, y otro porteño, Galerna). Aquí describo y enfrento a los desbesos neutros con los besos profundos, de saliva presentes. Estas dos modalidades, estas dos maneras de besar en el fondo constituyen dos formas de estarse en la vida de este mundo. Cada quien elige la que prefiere, o ninguna:

 

 

                LOS DESBESOS

Se besa y no se besa.

Se besa tanto y tan poco. Se besa meramente:

sin riesgo/ sin arrojo/ sin coraje.

Se besa demasiado, y tan menos,

sin sangre/ sin saliva/ sin los labios.

Se besa de la boca para afuera.

Y es un crimen desbesarse.

 

 

                Los besos

Pero a veces el beso entra,

se mete bien adentro/ tan adentro.

Para ese beso crucial/ imposible desandar el camino.

Imposible, como no sea

retornando en un hijo que vendrá.

Que vendrá con una orden a cumplir:

respirar respirar, respirar para que

¡no se pierda la costumbre!

 

Y besar.

Besar besar besar.

Besar en los días pares y en los impares.

Besar en los febreros bisiestos.

Besar contra viento y marea.

Besar a tajo y destajo.

Besar sin red, a rajacincha.

Besar bien adentro ¡más adentro!

Besar sin dejar nada afuera.

¡Ni la muerte!

Besar arrojándose

¡de cabeza en cada beso!

 

 

Posdata. Insisto. Estemos muuuuy alertas. No vaya a ser que el día menos pensado nos caiga sobre la mollera la boleta con el “impuesto al beso”. No, eso sí que no. No lo aceptemos ni ebrios ni dormidos ni congelados.

Y ojo, que como recurso para evitar tamaño impuestazo no se nos ocurra besar de la boca para afuera, desbesar. No, eso jamás. Porque si eso sucediera, para acabar con todas las absurdidades habidas y por haber

ya no nos haría falta un festival de misiles: con el apagón de los besos sería suficiente, nos haríamos acreedores a un apocalipsis de morondanga, sin retorno.

 

 

 

 

 

(Esta es una versión ampliada del texto publicado en la  online del diario JORNADA de Mendoza)
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