Hiroshima = 88 Torres Gemelas

Nos está sucediendo agosto. Pasaron 74 años del obsceno éxito de las atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki: allí murieron, en un parpadeo, 264.000 seres que habían nacido para vivir. A su vez, el 11 de setiembre de 2001 se produjo el atentado a las Torres Gemelas, que devoró 3000. Somos esclavos de las cifras: lo de Hiroshima y Nagasaki equivale a 88 Torres Gemelas.

 

Por Rodolfo Braceli

 

Por favor, por una pícara vez: las cifras ¿nos pueden servir para reflexionar? Es increíble: demasiados humanos y humanas desenvainan una pregunta repugnante: “¿Qué sentido tiene evocar Hiroshima?” La cínica respuesta de los malparidos es: “Hacer memoria, ¿para qué carajo?”. Malparidos hay a diestra y siniestra. Sobre todo, a diestra. Hace 74 años, la primera experiencia atómica invocaba la libertad y la democracia. Resultó “espectacular y exitosa”. Tres días después se reincidió en la asesinación, en Nagasaki. Con esas masacres, “preventivas”, se desnucó la condición humana acuñando un atroz eufemismo: “pragmatismo bélico”. Creer o reventar: millones de humanos siguen justificando el escarmiento de Hiroshima y Nagasaky como “un acto necesario para acortar la guerra”. La madre que nos parió. Y el padre.

Retomo reflexiones de otros aniversarios en esta columna. Un detalle: cuando estallan carnicerías seriales en colegios norteamericanos, nos escandalizamos y, humanos como somos, soltamos la pregunta: “¿Cómo es posible que pase algo así?” Es posible porque el Imperio crió una sociedad asentada y corrompida con obscenos eufemismos.

Ya en este siglo XXI la banda del hijo de Bush naturalizó eso de las “guerras preventivas”. Mejor dicho: “genocidios preventivos” consumados por la sed de petróleo ajeno. A las masacres que incluyen escuelas y hospitales, ocasionadas por misiles pifiados, se les llamó “efectos colaterales”. A la criminal tortura se le llama “interrogatorio exigente”. Madretuya. Madremía.

Se coloniza con eufemismos. ¿Por qué carajo nos sorprendemos cuando un alumno de colegio norteamericano arrasa (con un arma legalizada) docenas de vidas? No podemos, no debemos callarlo: la costumbre de los genocidios (con la careta del neoliberalismo que siempre invoca “democracia y libertad”) es la prolongación de aquellas bombas asesinadoras. Damas y caballeros: Hiroshima sigue crepitando.

Escucho voces crispadas: “¡Pero dejate de joder con el pasado!” Respondo: cuando la cruel realidad se reitera, vale reiterar la reflexión. La memoria no es retroceso, la memoria semilla un futuro diferente. Por eso revivimos aquel hongo atómico que en segundos calcinó ciento de miles de indefensos seres. La condición humana parece no haber aprendido nada: Hiroshima y Nagasaki continúan. Una de las industrias que más prospera es la aplicada al desarrollo de armas de destrucción masiva. Hoy la excusa es “el exterminio del terrorismo musulmán”. El Imperio capitalista neoliberal, el solo, posee el 60 por ciento del armamento mundial; la excusa: “salvar al mundo del fundamentalismo.” Excusa maquillada por la cínica invocación de la defensa de la libertad y de la democracia. Madremía. Madretuya.

Tras el impresentable Bush, aquel hijo de su padre, el advenimiento de Obama aleteó esperanzas. Pero la adicción bélica, justificada por una muy sembrada paranoia en la sociedad imperial, siguió y sigue sembrada a rajacincha. Hoy la paranoia se ha convertido en una ideología encarnada por Donald Trump, un monicaco elegido “democráticamente”. El caso es que, allá lejos y aquí cerca nada hay menos liberal que el autodenominado “liberalismo”.

Aunque resulte incómodo, repensemos Hiroshima: ¿somos hormigas? En segundos podemos desaparecer del mapa porque altos señores huelen petróleo y, reiterémoslo, quieren “salvar la democracia y la libertad”. El planeta se ha convertido en un balero. Ese balero es una granada sin hilo en manos de un mono borracho. ¿Qué podemos hacer, como habitantes ciudadanos, para que un puñado de tipos dejen de usar al planeta como balero?

 

Me dijo una sobreviviente

 

Voy a compartir unas líneas de un reportaje que le hice, para la revista Siete Días, a una sobreviviente de Hiroshima que vivía en Vicente López. La entrevisté hace 35 años. Escuchemos a Yoshie Kamioke en su magro castellano:

– “Años 17 tenía yo y bomba cayó. Bomba Hiroshima 6 agosto, cumpleaños mío 10 agosto. Yo pasar cumpleaños durmiendo… Bomba me había cansado cuerpo mucho… Recuerdo ese día y duele corazón… Esa mañana salgo para oficina, tranvía no viene, camino 45 minutos, llego estación y ruido de avión ¡y bomba! Estaba yo veinte cuadras, pero cuando cayó bomba no sentir dolor no sentir nada… Pobre Hiroshima mía… Bomba sin ruido. Bomba como viento fuerte, viento con rayo, resplandor grande, todo amarillo… Ruido no escucho yo, sólo viento y mucho rayo amarillo y día vuelve noche… Muy oscuro todo, gritos, ¡auxilio! Me levanto, mi cuerpo chiquito pesa muuucho. Camino despacio, busco casa mía… De ropa sólo blusa blanca mía queda sana. Cara arde, no saber yo que falta mucho pelo de cabeza… Camino y caigo, veo gente desnuda y con pelo todo blanco…Yo muy cansada y asustada, yo poquito tonta… Tres horas y llego casa mía. Garganta y ojos arden, pero yo más siento cansancio. No poder tomar agua. Mi madre saca blusa con tijera, me acuesto, moscas vienen y madre pone tul… Duermo cincuenta días, hasta que me levanto. Sigo viviendo yo…”

Yoshíe Kamioke, cuando tenía 29 años llegó a la Argentina. Me dijo: “Pero hoy Hiroshima lindo, Hiroshima flores, Hiroshima árboles. Cuando muerte me cierre ojos, recuerdo de bomba terminará…”

Por momentos Yoshie pensaba en voz alta: “¿Por qué guera? Con guera hijos mueren… gente sorda, sin piernas, gente ciega. Con guera sólo feliz la muerte.”

 

Posdata

   Estamos sembrados de misiles “inteligentes”, al compás del hambre y de la analfabetización. ¿Cómo afrontar la lógica de los exitosos derechudos? Con memoria. Y con la convicción de Yoshie Kamioke: “Para que ´guera` no haga más feliz a la muerte, manos juntas deben estar. Manos suyas con manos mías.”

Entonces: hagamos memoria de lo lejano, pero muy atentos al presente. Los que “hacen felices a la muerte” aquí no descansan. Ojo al piojo. Nos están involucrando en la impredecible contienda con el Oriente Medio, en la que no tenemos nada que ver. Damas y caballeros: si insistimos en ser cholulos del imperio, obsecuentes partenaires de sus caprichos suicidantes, terminaremos siendo carne fácil para la absurdidad. Terminaremos siendo unas desguarnecidas cenizas que ni el viento se llevará.

    

 

 

 (Esta es una versión ampliada de la columna publicada por el autor en el diario Jornada, de Mendoza.)

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