¿Viva la muerte?

Lo declaró al pasar: “El que quiere estar armado que ande armado” Y argumentó: “La Argentina es un país libre”. En uso de esa libertad opino: los dichos de la señora Bullrich entristecen y espeluznan. Las sombras de Bolsonaro y de Trump se asoman, nos muerden. Madrenuestra. Madremía.      

 

Por Rodolfo Braceli
zbraceli@gmail.com

 

Recupero reflexiones frecuentes en esta columna. Vayamos al país imperio. Detengámonos en aquel niño que nació en el 2012. A sus 4 años, un día iba en el asiento trasero del auto que manejaba su mamá. Vio un revólver debajo del asiento, claro, lo alzó y le dio un balazo por la espalda. Pobrecita ella. Que mala leche, ¿no?

Un cordial pedido: si la lectora o el lector tiene armas en su casa, agarre pronto un martillo y déle y no deje de darle, hasta desfigurarlas. No seamos pelotudes: las armas convocan a la muerte.

En el 2001 viajé a Mendoza para reportear el “Plan Canje de Armas”, más valorado en otras provincias y países que en Mendoza. Gabriel Conte lideró aquel proyecto: quien daba un arma de fuego para su destrucción recibía un vale para comprar alimentos. En las escuelas se canjeaban juguetes bélicos por retoños de árboles. La noticia fue ninguneada.

¿Sabíamos que en Estados Unidos, por accidentes con armas “hogareñas”, cada dos años mueren tantos norteamericanos como en toda la guerra de Vietnam? Con el Plan Canje se aplastaban las armas con una prensa. ¿Y después? En la Facultad de Artes la luminosa Eliana Molinelli propuso que esas armas mutaran “en memoria y en esculturas”.

Ojo al piojo: la sola mención del “desarme” provoca, en muchos, crispación y violencia: “¡Quedaremos inermes!” Cuando escribí que la inseguridad se combate con pan y no con pólvora, titulé: “¿Alfabetización o tortura?” Un profesor de Villa Urquiza me corrigió: “Alfabetización ¡y tortura!”

Que el civilizado profesor y tantas gentes prolijas de mi extrañada Mendoza me disculpen: combatir la muerte con más muerte es huir hacia el abismo. A la Muerte ganémosle con la Vida. Mejor que el olor a pólvora en casa, el olor a pan. (Ojo: el pan de cada día, pa-ra-to-dos.)

A las armas en casa no las carga el diablo, las cargan ciertos humanes que suelen argumentar a propósito del aborto: “¡La Vida es sagrada!” Quienes claman por picana y pena capital justifican las armas en casa; como defensa, dicen.

Memoria: enero del 2009, Tupungato. Un chico apodado Chupetín, 14, discute con Franco, de 12. Este le ocasiona un corte en una mano. Chupetín busca la escopeta “familiar”, recortada, calibre 16, y le quema el corazón a Franco. El 17 de marzo del 2015 Walter Roja, de 13, juguetea con el arma de su padre, gendarme; se vuela la cabeza. Pasó en Uspallata. Tupungato y Uspallata quedan en Mendoza ¿no?

¿Recordamos de la tragedia de la escuela de Patagones? ¿Recordamos aquel adolescentes que en la avenida Cabildo empezó a los tiros sin mirar a quién? ¿Recordamos aquel ex militar que persiguiendo a dos motochorros disparó y mató casualmente a un hombre?

Más memoria: un joven en una quinta de la provincia de Buenos Aires escucha ruidos nocturnos. Busca su arma, gatilla, desploma al bulto. Después, linterna en mano, ve que el bulto “era” su madre.

Mayo de 2014, madrugada. En una casa de Carlos Tejedor un joven nota movimientos en su jardín. Corre la cortina. Le dispara a una sombra. La sombra tenía 81 años. “Era” su madre.

En el barrio La Esther, de Ituzaingo, el cabo de la bonaerense Gustavo Gaglardi, 27, nota movimientos en su patio. Busca su arma, dispara sobre una sombra acuclillada. La sombra “era” su hijo de 4 años.

En Carrasco, esquina Potosí y Schoroeder, el señor Alonso sufre un robo con maltrato a su familia. Compra un arma. Un mes después ve que alguien anda a oscuras en el living. Le apunta, gatilla. Enciende la luz y alcanza a ver la mirada final de su hija, Federica Alonso, de 24.

Enero del 2008: en Tucumán una nena de 10 juega con el revólver de su padre, se le cae al piso; la bala va derecho a su frente.

Julio de 2005, Rosario: un chico de 5 años llega a la casa de su tío. Su primo de 8 juega con un arma. Dispara. El balazo lo recibe el de 5, en la cabeza.
Febrero de 1986: Alejandra, 17, con un arma que está de adorno, simula disparar sobre su hermano. Pero el disparo sale y mata a Gabriel, de 14. Gabriel “era” el hijo del guitarrista Cacho Tirao, Alejandra es la hija.

Nuevamente, ojo al piojo: la paranoia, tan sembrada por los medios des/comunicadores, se convirtió en ideología. Y en rebusque electoral. No le copiemos a los brasileros, ni le copiemos a los yanquis. Estos son, sí, la primera potencia. Pero son, lejos, el país más paranoico del mundo. Llegan noticias pavorosas: adolescentes que en universidades y escuelas matan a por docenas.

   Posdata.  Suponiendo que Dios exista, ella, la bala, le roba atribuciones al Dios que decimos venerar. A ella, la bala, le pasa como a la piedra: es inocente. La piedra nunca tendrá la culpa de la pedrada. En la casa, mejor el olor a pan que el olor a pólvora.

Volvamos al nene de 4 años, del estado de Florida: iba con su madre; ella manejaba. El nene encontró un arma debajo del asiento. Qué bonita. El disparo dio en la espalda de su madre. Ella pudo seguir al volante, al llegar a un móvil policial dijo que “alguien” la había atacado. La policía dictaminó que el arma era de ella y el dedito que apretó el gatillo, el de su hijo. Ella tiene cierta fama: se llama Jamie Gils y sigue viviendo. Jamie es una famosa activista defensora del uso de armas en los hogares.

Si sigue las amorosas enseñanzas de su madre –que de pedo está viva–, este niño pronto tendrá edad para votar por el dulce neoliberalismo republicano.

Algo más: en la tercera semana del noviembre del 2018 de Cristo, los expertos en la política de coyuntura, empezaron a profetizar que la señora ministra Bullrich últimamente estaba “midiendo bastante bien”. Y por eso la ingresaron al lote de los que tendrían chance de integrar una próxima una fórmula presidencial de Cambiemos. Todo porque un día, al salir de un restaurante, alegremente declaró: “El que quiere estar armado que ande armado”

Damas y caballeros, viva la Pepa. Y viva el Pepe. Madrenuestra. Madremía.

¿Viva la muerte?

 

 (Esta es una versión ampliada de la columna publicada por el autor en el diario Jornada, de Mendoza.)

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