Parque Chas en la literatura y el cine

 

“Plaza de mi barrio”
Autora: Cristina Suárez

Pedazo pequeño de mi lindo barrio
por tus bancos pasaron
horas de juventud, de amor y de aventuras.

De tus canteros llenos de rosales
se puede oir el bullicio de la vida,
de los niños que rondan con sus juegos
sus espíritus jovenes, audaces e indomables.

Pedazo pequeño de mi lindo barrio
puedo ver en las arrugas de los viejos
los surcos de las huellas de la vida.

El antiguo campanario de la iglesia
resonó en mis oidos
volviendo a sentir el peso del pasado
que como un lejano eco lastimero, pudo mostrarme
la historia fiel de esa época distante.

Sin embargo, pedazo pequeño de mi lindo barrio
al mirarte, vuelve a mi la alegría
pues puedo imaginar sueños de oro
que renacerán de nuevo cada día,
mostrando como brillan radiante
el sol, la primavera y la luz de otro día.

Nota: Cristina Suárez vivió su infancia en Parque Chas en la calle Gándara entre Burela Y Altolaguirre


Tomás Eloy Martinez:
Fragmento del penúltimo capítulo del “Cantor de Tango”, cuya historia se ubica en Parque Chas:

“Al anochecer, cuando rugía el tránsito y mi inteligencia era derrotada por la prosa de los teóricos poscoloniales, me entretenía hojeando el cuaderno de contabilidad de Bonorino, que abundaba en laboriosas definiciones ilustradas de palabras como facón, piolín, Uqbar, yerba mate, fernet, percal, a la vez que incluía un extenso apartado sobre los inventos argentinos, como la estilográfica a bolita o birome, el dulce de leche, la identificación dactiloscópica y la picana eléctrica, dos de los cuales se deben no al ingenio nativo sino al de un dálmata y un húngaro.

Las referencias eran inagotables y, si abría el volumen al azar, nunca tropezaba con la misma página, como sucede en El libro de arena, que Bonorino citaba con frecuencia. Una tarde, distraído, encontré un largo apartado sobre Parque Chas, y mientras lo leía, pensé que ya era tiempo de conocer el último barrio donde había cantado Martel.

Según informaba el bibliotecario, el paraje debe su nombre a unos campos infértiles heredados por el doctor Vicente Chas, en cuyo centro se alzaba la chimenea de un horno de ladrillos. Poco antes de morir en 1928, el doctor Chas libró un pleito enconado con el gobierno de Buenos Aires, que pretendía clausurar el horno por el daño que causaba a los pulmones de los vecinos, a la vez que impedía prolongar hacia el oeste el trazado de la avenida de los Incas, bloqueado por la brutal chimenea.

La verdad era que el municipio eligió ese lugar para ejecutar un ambicioso proyecto radiocéntrico de los jóvenes ingenieros Frehner y Guerrico, cuyo diseño copiaba el dédalo sobre los pecados del mundo y la esperanza del paraíso que está bajo la cúpula de la iglesia San Vitale, en Ravenna.

Bonorino conjeturaba, sin embargo, que el trazado circular del barrio obedecía a un plan secreto de comunistas y anarquistas para proporcionarse refugio en tiempos de incertidumbre. Su tesis estaba inspirada en la pasión por las conspiraciones que caracteriza a los habitantes de Buenos Aires.

¿Cómo explicar, si no, que allí la diagonal mayor se hubiera llamado La Internacional antes de ser la avenida General Victorica, o que la calle Berlín figurara en algunos planos como Bakunin, y que una pequeña arteria de cuatrocientos metros se llamara Treveris, en alusión a Trier o Trèves, la ciudad natal de Karl Marx?

“Un colega de la biblioteca de Montserrat avecindado en Parque Chas”, anotó Bonorino en su cuaderno, “me guió una mañana por ese enredo de zigzags y desvíos hasta llegar a la esquina de Ávalos y Berlín. Para poner a prueba las dificultades del laberinto, insistió en que me alejara cien metros en cualquier dirección y regresara luego por el mismo derrotero. Si tardaba más de media hora, prometía ir en mi busca.

Me perdí, aunque no sabría decir si fue a la ida o a la vuelta. Ya el blanco sol intolerable de las doce del día era el sol amarillo que precede al anochecer, y por más vueltas que daba, no conseguía orientarme. En un rapto de inspiración, mi colega salió a rastrearme. Oscurecía cuando me vio por fin en la esquina de Londres y Dublín, a pocos pasos del sitio donde nos habíamos separado. Me notó, dijo, desencajado y sediento.

Cuando volví de la expedición, me acometió una fiebre persistente. Cientos de personas se han perdido en las calles engañosas de Parque Chas, donde parece estar situado el intersticio que divide la realidad de las ficciones de Buenos Aires. En cada gran ciudad hay, como se sabe, una de esas líneas de alta densidad, semejante a los agujeros negros del espacio, que modifica la naturaleza de los que la cruzan.

Por una lectura de viejas guías telefónicas deduje que el peligroso punto está en el rectángulo limitado por las calles Hamburgo, Bauness, Gándara y Bucarelli, donde algunas casas fueron habitadas, hace siete décadas, por las vecinas Helene Jacoba Krig, Emma Zunz, Alina Reyes de Aráoz, María Mabel Sáenz y Jacinta Vélez, convertidas luego en personajes de ficción. Pero la gente del barrio lo sitúa en la avenida de los Incas, donde están las ruinas del horno de ladrillos.”

Lo que decía Bonorino no me permitía entender por qué Martel había cantado en Parque Chas. El delirio sobre la línea divisoria entre realidad y ficción nada tenía que ver con sus intentos anteriores por capturar el pasado -nunca creí que el cantor se interesara por el pasado de la imaginación-, y algunos relatos populares sobre las andanzas del Pibe Cabeza y otros malvivientes por el laberinto carecían de vínculos, en caso de ser ciertos, con la historia mayor de la ciudad.

Pasé dos tardes en la biblioteca del Congreso informándome sobre la vida de Parque Chas. Verifiqué que allí no se habían abierto centros anarquistas ni comunistas.

Busqué con prolijidad si algunos apóstoles de la violencia libertaria -como los llamaba Osvaldo Bayer- hallaron refugio en el dédalo antes de ser llevados a la cárcel de Ushuaia o al pelotón de fusilamiento, pero sus vidas habían sucedido en lugares más céntricos de Buenos Aires.

Ya que el barrio me resultaba tan esquivo, fui a conocerlo. Una mañana temprano abordé el colectivo que iba desde Constitución hasta la avenida Triunvirato, enfilé hacia el oeste y me interné en la tierra incógnita. Al llegar a la calle Cádiz, el paisaje se convirtió en una sucesión de círculos -si acaso los círculos pueden ser sucesivos-, y de pronto no supe dónde estaba.

Caminé más de dos horas sin moverme casi. En cada recodo vi el nombre de una ciudad, Ginebra, La Haya, Dublin, Londres, Marsella, Constantinopla, Copenhague. Las casas estaban una al lado de la otra, sin espacios de separación, pero los arquitectos se habían ingeniado para que las líneas rectas parecieran curvas, o al revés.

Aunque algunas tenían dinteles rosas y otras porches azules -también había fachadas lisas, pintadas de blanco-, era difícil distinguirlas: más de una casa llevaba el mismo número, digamos el 184, y en varias creí observar las mismas cortinas y el mismo perro asomando el hocico por la ventana. Caminé bajo un sol impío sin cruzarme con un alma. No sé cómo desemboqué en una plaza cercada por una reja negra.

Hasta entonces sólo había visto edificaciones de una planta o dos, pero alrededor de aquel cuadrado se alzaban torres altas, también iguales, de cuyas ventanas colgaban banderas de clubes de fútbol. Retrocedí unos pasos y las torres se apagaron como un fósforo.

Otra vez me vi perdido entre las espirales de las casas bajas. Desandé el camino hacia atrás, tratando de que cada paso repitiera los que había dado en dirección inversa, y así volví a encontrar la plaza, aunque no en el punto donde la había dejado sino en otro, diagonal al anterior.

Por un momento pensé que era víctima de una alucinación, pero el toldo verde bajo el cual acababa de estar hacía menos de un minuto brillaba bajo el sol a cien metros de distancia, y en su lugar aparecía ahora un negocio que se postulaba como El Palacio de los Sandwiches, aunque en verdad era un kiosco que exhibía caramelos y refrescos.

Lo atendía un adolescente con una enorme gorra de visera que le cubría los ojos. Me alivió ver al fin un ser humano capaz de explicar en qué punto del dédalo nos encontrábamos.

Atiné a pedirle una botella de agua mineral, porque me consumía la sed, pero antes de que terminara la oración el muchacho respondió “No hay”, y desapareció detrás de una cortina. Durante un rato golpeé las manos para llamar su atención, hasta que me di cuenta que mientras yo estuviera allí no regresaría.

Antes de salir, había fotocopiado de la guía Lumi un mapa de Parque Chas muy detallado, que mostraba las entradas y salidas. En el mapa había un espacio grisado que tal vez fuera una plaza, pero su forma era la de un rectángulo irregular y no cuadrada como la que tenía frente a mí.

A diferencia de las callejuelas por las que había caminado antes, en la que ahora estaba no había placas con nombres ni números en la fachada de las casas, por lo que resolví avanzar en línea recta desde el kiosco hacia el oeste. Tuve la sensación de que, cuanto más andaba, más se alargaba la acera, como si estuviera moviéndome sobre una cinta sin fin.

Era mediodía según mi reloj, y las casas por las que pasé estaban cerradas y, al parecer, vacías. Tuve la impresión de que también el tiempo estaba desplazándose de manera caprichosa, como las calles, pero ya me daba lo mismo si eran las seis de la tarde o las diez de la mañana.

El peso del sol se volvió insoportable. Me moría de sed. Si descubría signos de vida en alguna casa, llamaría y llamaría sin parar hasta que alguien apareciera con un vaso de agua”.


BARRIO PARQUE CHAS
por Antonio A. Spinelli

Baldíos que entre alfalfas y pantanos
Abrazaron mariposas con historia,
Recuerdos que enriquecen la memoria
Recorriendo mis latidos y mis manos,
Imágenes ardientes del arcano,
Oropeles con sabor de antigua gloria.

Pajaritos que con alas de ilusiones
Adornaron mi jaulón de fantasías,
Reinando entre tristezas y alegrías
Que sembraron un jardín de evocaciones,
Unidos rescatemos reflexiones
Encerradas en un tiempo de armonías.

Calles tuertas, cortadas escondidas,
Hornos, fútbol, bolitas y rayuela,
Alto el fuego y rabonas a la escuela
Son mil llamas que hoy encienden nuestras vidas


LAS BOLITAS Y LA VIDA
por Antonio A. Spinelli

Son mil páginas de historia sin “LANFETA”
los “ojitos” el “MI ÑATI” un “RECULIE”,
aquel “HOYO” y un rectángulo de vida
donde hincaba mi rodilla en el ayer.

En tu hueco se apoyaba la conquista,
con caricia de “BOLITAS” y niñez;
yo soy “MANO”, va “DE VUELTA”,
al “TIRO Y COLA”,
van rodando mis recuerdos al volver.

Voy saltando en las estrellas del pasado,
sol y luna de una imagen que se fue,
vuelve atada con la aurora de mi vida
y en el hilo de tu sangre vuelvo a ser.

Los recuerdo, mis anhelos, el futuro,
son “BOLITAS” de un “TRIANGULO” y no sé,
si encerrarlo entre catertos, la salida,
por la puerta del que triunfa lograré.

 

Se “QUEMARON” las bolitas en el juego
Y “CACHUZAS” se volvieron por vencer;
veo un hombre en “CARAMBOLAS” de la vida:
“QUENA” arrugas y es “CACHUZO” con su fe.das


CRONICAS DEL ANGEL GRIS
Refutación de los viajes (en Crónicas del Angel Gris) Alejandro Dolina© Copyright Editorial Colihue – 1996

Perdidos en Parque Chas es la crónica de una frustada noche de garufa.
Mandeb y sus amigos fueron invitados a un baile en la calle Bucarest.
Desdeñando las advertencias de los hombres sabios, se internaron en el barrio sin salida.
Y ya se sabe lo que ocurre en Parque Chas: uno se pierde irremediablemente. Vale la Pena transcribir una líneas.
“A eso de las doce, llegamos a la misma cigarrería. Ya era la quinta vez.
Como en las otras ocasiones, interrogamos al viejo que atendía.
Sus indicaciones fueron nuevamente distintas. Loco de furor, salté sobre el mostrador y comencé a estrangularlo.
-Viejo mentiroso… ¿cuál es la calle Bucarest? ¿Cómo se sale de este infierno?
-El anciano acabó por confesar que no lo sabía. Muy compungido, admitió que él mismo había desembocado en Parque Chas en 1939. No habiendo podido salir de allí, se resignó a instalar un quiosco, gracias al cual sobrevivía, aunque abrigaba el secreto anhelo de volver a Villa Crespo, barrio del que nunca debió salir.”
Este capítulo finaliza con la providencial intervención de un taximetrero, quien si bien no acertó a llevarlos a la calle Bucarest, por lo menos los sacó -después de varias horas- a la Avenida de los Incas.


Carlos Castro
(“Mi Buenos Aires vivido”, ed. del autor, 1997)

Parque Chas:
Dicen que quien no se perdió alguna vez en los recovecos del barrio de Parque Chas es porque no ha recorrido la ciudad lo suficiente. A mí me ocurrió una noche de invierno, volviendo a mi casa en auto y queriendo acortar camino.

No se veía un alma para preguntarle, y di vueltas hasta que vi algo muy iluminado que parecía una avenida y por ahí me escapé. No me imaginé en ese momento que un tiempo después pasaría a vivir en ese barrio durante varios años, y volvería a perderme, pero ahora en forma voluntaria, dando vueltas por sus tranquilas callecitas.

Puedo decir, salvando las distancias de personas y lugares, como dijo José Martí hablando de los Estados Unidos: “Viví dentro del monstruo y le conozco las entrañas”. Hay dos calles que cruzan el barrio en forma recta, Gándara y Gral. Victorica. El resto, incluyendo una calle totalmente circular, Berlín , no es más que un laberinto para extraños.


Buenos Aires vos y yo
Música: Osvaldo Avena
Letra: Héctor Negro

Sé que te trajo Buenos Aires nuevamente,
que no pudiste olvidar así nomás
ni tus recuerdos, ni tu esquina, ni tu gente
ni aquellos besos que te di por Parque Chas.

¡Qué ganas locas de mostrarte el barrio nuevo
al que lejano le buscabas el color!
El mismo cielo que en las manos hoy te llevo
ya no es el mismo que mojaste con tu adiós.

Y te prometo que muy juntos andaremos
en cada cosa que la infancia iluminó.
Porque hoy regresas y tu vuelta cantaremos
los tres como antes: Buenos Aires, vos y yo.

Te mostraré la misma calle que dejaste,
esa pared donde pintaste el corazón.
Y aquella estrella que una noche descolgaste
la buscaremos con la luz de nuestro sol.

Donde la piedra junto al río se hace vuelo,
la Costanera nos verá, canción de dos.
Y en esa Boca de cansancio y Riachuelo
nos quedaremos, con un beso, en un rincón.

Qué importará tanta nostalgia en tu pañuelo,
tanta neblina que en el tiempo se quemó.
Hoy tu vuelta y nosotros cantaremos
los tres como antes: Buenos Aires, vos y yo

Héctor Negro nombra también a Parque Chas en “Villa Ortúzar en el mapa”: “Vuelve al Sur Chacarita en un recodo, con Paternal al Sur tirando al Oeste, que Parque Chas completa y me demoro, para que algo de Urquiza se entrevere…”

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