Papá de Robledo Puch, perdón

Alguna vez traicioné mi oficio de periodista; eso pasó cuando conocí al padre de Robledo Puch, hace 46 años. Necesito confesarlo. Para eso retomo una columna que publiqué hace algunas semanas en Página 12.

 

Por Rodolfo Braceli
zbraceli@gmail.com

 

“Eyectado de mi Mendoza, caí en la exitosa revista Gente. Me tocó seguir, en parte, el “caso” Robledo Puch, que pronto se convirtió en el “fenómeno”. El rostro del pibe serial, acaparó las tapas. Faltaban cuatro años para que, a partir de ese 1976, el periodismo de esta patria idolatrada asumiera, indiferente y cómplice, el limbo del infierno: violaciones de vidas y de muertes; afano de criaturas desde la placenta.

El “fenómeno Robledo” fascinaba. El periodismo se herniaba buscando nuevos ángulos para abordar el enigma del “ángel siniestro”: revoleábamos opiniones de psicólogos, astrólogos, sociólogos. Yo propuse, como “nota diferente”, entrevistar al padre de Robledo. Metele –me dijeron. Con el fotógrafo Gianni Mestichelli teníamos auto con chofer día y noche. Salimos en busca del padre del precoz asesino numeroso. Que Dios me perdone (si es que existe).

Robledo Puch, con 20 años, estaba en un podio atroz por los 11 humanos que desgajó en 9 meses. Corría el año 1972, y empezaba su cárcel a perpetuidad. Asistí a reconstrucciones de sus asesinatos. Debo reconocerlo: no podía sustraerme del magnetismo de aquel adolescente: altivo, sin gestos, relajado, ni un rastro de pesadumbre. Era como un actor que encarna a un asesino. Miraba  con desgano, en diagonal, ni se molestaba en girar el cuello. Su gélido cinismo tenía carisma, destino de afiche. Alardeaba con sus dones de felino. Subido a un techo con claraboya, a cinco metros de altura, para el descenso los custodios pidieron escalera. “No quiero escalera –dijo. Gato salta, y esposado”.

Doy un ejemplo de la fascinación que producía en aquellos días. El juez Víctor Sasson, que siguió el caso en sus comienzos, un sábado me invitó a su casa; en el living proyectó registros en 16 milímetros: mostraban al “ángel asesino” reconstruyendo sus “hazañas”. Recuerdo un pasaje: viene Robledo caminando, esposado; cerca, decenas de curiosos lo insultan; él, sordo a todo. Esa tarde se sumó como espectador un hijo del juez, tendría unos doce años. El doctor Sasson me dijo al oído: “No me lo va negar: mi pibe es el retrato de Robledo Puch”.

Algo más sobre los códigos de Robledo. Una asistente social me compartió este diálogo:

–Asesinaste… ¿Te duele haber hecho lo que hiciste?

–No me duele.

–Carlos, en las noches, ¿sentís remordimiento, culpa?

–¿Qué culpa tengo de haber nacido asesino? Vaya, pregúntele a mi mamá y a mi papá.

–Decime, ¿qué sentís por tu mamá y por tu papá?

–Mi papá es un hombre bueno.

–¿Y tu mamá?

–Mi papá es un hombre bueno, le dije.

–Carlos, sabrás que nadie nace asesino o santo. Para eso tenemos la voluntad, y podemos elegir.

–Bueno, yo no tengo voluntad. ¿Qué culpa tengo de no tener voluntad?

Este diálogo me empujó a conocer al papá de Robledo Puch. Sus compañeros de trabajo coincidían: era un hombre manso, bondadoso, ejemplar. No eran tantas las simpatías con la madre.

Al medio día de un domingo fui a buscarlo a una casa de Villa Adelina, provincia de Buenos Aires. Me atendió la abuela. Me dijo que el padre de Robledo estaba en Corrientes, “en un viaje de trabajo. Catorce días”. A las dos semanas volví, insistí con el timbre; no salió nadie, pero se notaba gente en el interior. Me fui, volví a media tarde. Timbre, y nada.

Ya poseído por la impiadosa pérdida de conciencia que produce la sed periodística, volví al otro día; yo debía conseguir a ese padre. Empecé a buscarlo obsesionado, mientras anidaba un interrogante: ¿Cómo un hombre puede soportar el dolor de que su hijo haya matado, fríamente, a una por una, a 11 personas?

Seguí pulsando el timbre de esa casa, a cualquier hora. A veces se asomaba la abuela, mujer de monosílabos rotundos… Los días pasaban, y la vida. Era un lunes, alrededor de las 8;  y se abrió la puerta justo cuando yo me aprestaba a timbrear. Salió un hombre. Seguro, era el padre de Robledo Puch. No tenía modo de no verme. Vi a una persona de traje, recién afeitado, tristísimo. Tristísimo e indefenso. Nada hizo para eludirme, nada. Su mirada resbaló sobre mí. En esa mirada no encontré fastidio ni sorpresa, sólo desolación. El hombre estaba como desplomado adentro de sí mismo… Le dije buen día, nada menos. No me contestó. Lo nombré por su apellido. En voz baja me dijo: “Olvide mi nombre; estoy en este mundo pero ya no existo…” Seguimos ahí, quietos. De pronto, neutro, el padre de Robledo Puch pronunció “gracias”. Y empezó a alejarse por la vereda. Unos veinte metros y se detuvo en seco. Pero no se dio vuelta. Después de la eternidad de unos segundos, siguió caminando, despacio. Al llegar a la esquina se subió a su auto. Lo puso en marcha y partió, lentamente. El fotógrafo estaba cerca, algo intuyó: “¿Y el tipo ese?”. “Un vecino” –le dije.

Todo lo que pude hacer por este hombre, es no escribir jamás su nombre en una nota periodística. Para no avivar la desenfrenada curiosidad de esos días… De aquella ráfaga me quedó la imagen de su nuca flaca. En plena vereda, tan desguarnecido, ese hombre se desgarraba como las madres, al parir. Pero su parto de padre–madre era sólo de dolor, sin gloria, sin redención. De dolor irreparable, para siempre.

(Al volver a la redacción mentí: “El padre del Robledo se fue a Corrientes, por un año.”)

 

Posdata. En la noche del día de mi traición al periodismo me permití imaginar, y lo escuché a ese padre: ¿gemía? ¿rezaba?

“–Ay, hijo, tu foto en los diarios… dicen cosas espantosas… Yo también te parí. Ahora sé que nunca más podré asomarme a tu cama, ¿cómo saber si estás respirando?

Estás solo, como nadie en la tierra. Estoy solo, como nadie en la tierra.

En esta y en todas las noches de la vida, estaremos solos, hijito.”

 

(Gentileza de Rodolfo Braceli. Artículo publicado originalmente en el diario Página 12)

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