No, no nos merecemos a Messi

 

Que me disculpe el lector, que me disculpe la lectora. Pienso que yo tengo derecho a afanarme a mi mismo. Y ya lo estoy haciendo: me afano, para reiterarlo, algo que escribí en tres de mis libros (De fútbol somos, Querido enemigo y Perfume de gol).

 

Por Rodolfo Braceli

 

El bendito o maldito fútbol es el espejo que mejor, que más hondo nos espeja.

Nos espeja y nos delata y nos saca de cuajo la careta. Dicho en criollo básico: el futbol, al espejarnos, nos deja en pelotas.

Y lo que por estos días espeja el fútbol oscila entre lo penoso y lo patético. El promedio de nuestra sociedad no se mereció, ni se merece, ni se merecerá a Messi. Como tampoco se mereció, ni se merece, ni se merecerá las agallas de Mascherano. Ni mucho menos se mereció, se merece o se merecerá las genialidades de Maradona. Por supuesto que no se mereció, ni se merece, ni se merecerá la ejemplar locura de Marcelo Bielsa, un rarísimo héroe de la ética. (No olvidemos, nos estamos refiriendo al promedio de la sociedad argentina, tan corrompida por el triunfalismo y el derrotismo que siembran y fogonean, sin asco y sin pudor, los pulpos medios de la descomunicación.)

Lo que se ha dicho y escrito sobre Messi tras la derrota en la final de la selección nacional ante Chile, tras dos alargues y por penales, desnuda la condición humana argentina. Por empezar demuestra que los que entienden de fútbol, aficionados o periodistas, son muchos, pero muchos menos que los que suponemos. ¿Cuántos, cuántos saben realmente ver fútbol más allá de lo obvio?

Lo que se ve y se opina depende asquerosamente de la eventualidad de los resultados. Y ya es hora de considerar que los resultados dependen de un azar que ni los dioses ni las diosas pueden controlar. Una mata de césped con un pequeño desnivel puede ser la causa de un gol que se convierte o que se pierde. Un gol que se convierte o se pierde puede ser la causa de un título mundial o americano que se consigue o que se frustra.

Dicho redondamente: la inmensa mayoría depende ridículamente de los resultados. De Lionel Messi, jugador mundialmente considerado como el mejor del planeta, desde el periodismo estelar para abajo, estos días se han dicho cosas desopilantes: que es un mustio, que es un desangelado, que no canta el himno, que la camiseta de la selección le queda grande, que se cuida las piernas para seguir ganando millonadas de euros en el Barcelona, que vuelta a vuelta vomita en la cancha porque es un pecho frío.

Pero Messi, aun con sus partidos opacos, fue el mejor jugador argentino, una vez más. Fuera de los penales no hizo goles, pero fue el eslabón decisivo de todos los goles argentinos. Sin ese eslabón los goles no hubieran sucedido.

Podría llegar a admitirse que la Copa de América, en cuanto al resultado final, fue una frustración. Pero de ninguna manera fue un fracaso. Messi arrastró marcas que liberaron de marcas a sus compañeros. Messi dio muestras de talento y de coraje al atravesar racimos de adversarios que se escalonaban para decapitarle los tobillos. Messi, aun jugando mal, siempre es un diferente, un superior.

Pero el argentino promedio es un hijo del más obsceno triunfalismo. Ese triunfalismo nos hizo observar en casita (bien comidos y bien abrigados) la desguerra de Malvinas, con la entusiasmada adrenalina que enarbolamos en las eliminatorias de los campeonatos mundiales. Y pasamos, en poco más de dos meses, de la euforia obscena a la depresión vergonzante. Los muchachos de la guerra al volver fueron ninguneados, traspapelados en la noche, escondidos por esa depresión vergonzante que, como siempre, fogonearon los pulpos medios de descomunicación.

Así es una vez más: el promedio de esta sociedad es espejada por el fútbol. Lo que muestra el espejo da tristeza y da vergüenza. Da ambas cosas, y hasta un poco de nausea. Somos exitista, somos triunfalistas, somos como el camaleón que cambia de color según la ocasión. Nos ha resultado muy fácil decir de Messi que es el mesías. Con eso cargamos, en la mochila de un jugador de fútbol, nuestros fanfarrones complejos de superioridad que ocultan nuestros agudos complejos de inferioridad.

No debiéramos olvidar que Messi es un ser humano. ¿Tenemos derecho a exigirle que todo el tiempo se comporte como el mesías? Del mismo modo: ¿qué derecho tenemos a convertir a Javier Mascherano en el sargento Cabral?

Pero dejémonos de joder. Veamos al fútbol como lo que es, un juego prodigioso e ingobernable. Un juego ingobernable hasta para nuestra paupérrima AFA, o para esa caterva de mafiosos que, a la vista está, es la FIFA tan fifadora ella.

Un día de estos Messi va conseguir un título continental o mundial, y con la camiseta nacional. Ese día, ¿cuántos argentinos tendrán derecho a celebrarlo? No se nos ocurra esconder el espejo: a ver, respondámonos: ¿cuántos argentinos tendrán derecho a celebrarlo?

Compatriota de cualquier sexo habido y por haber: si es que no has arrojado al incómodo espejo, decime, decime qué se siente ante estas simples preguntitas.

Mientras dejamos los interrogantes en paciente remojo, damas y caballeros, tengamos a bien considerar que el promedio de la sociedad argentina futbolera no, no se merece a Messi.

 

((Esta columna fue publicada originalmente en el diario JORNADA, de Mendoza))

 

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