La Senadora, las moscas y Serafino

Señora, hagamos de cuenta que esta es una Carta Abierta; o Mal Cerrada. Antes que nada le aviso: nunca es demasiado tarde para aprender que en boca cerrada no entran moscas. Ni salen.

 

Por Rodolfo Braceli

Usted es Senadora de la Nación. Nada menos. Formidable responsabilidad. El caso es que el 16 de julio del 2018 después de Cristo, en un flujo de irreparable sinceridad –sinceridad que involucra a su corazón y a su aparato cerebral–, usted soltó que el Síndrome de Down es una enfermedad. Además, incurable. En un cruce con el biólogo Alberto Kornblihtt, en segundos, usted puso en evidencia esa opinión suya; pero sobre el pucho trató de disimularla. Ya era tarde. Las moscas salieron, y entraron.

Muchos de los que, como usted, a propósito de la despenalización del aborto defienden “las dos vidas”, la de la madre y la del feto, trataron de minimizar y cancelar su “desliz”. Señora Senadora, ¡joder con el desliz! Ocurre con frecuencia: quienes se creen dueños de las buenas costumbres son hábiles para licuar barbaries como la suya. Esta vez argumentaron, campantes y con la impunidad de siempre, que lo suyo, Senadora, no fue más que una “expresión desafortunada.” Nooo, al contrario, fue afortunada porque representa lo que tantos y tantas sienten y piensan. Expresión afortunada, además, porque con ella se descareta de cuajo a quienes proclaman que “la vida es sagrada”. Caramba o caraxus, sagrada la vida ¿de quiénes?

Senadora, demorémonos un poco más en su desliz. Por empezar carga una cuota de escandalosa torpeza. Imposible no advertir lo que nos revela, de usted y de su secta de buenudos, tan atroz opinión sobre el Síndrome de Down. Revela ignorancia, insensibilidad, y un cretinismo retrógrado que nos remonta a los tiempos de cuando andábamos en cuatro patas meta gruñidos sin necesidad de sintaxis.

Algo debemos reconocer: su “desafortunado desliz” tiene la virtud de revelar en un santiamén hasta qué punto la hipocresía es la sustancia medular de quienes por estos días, peligrosamente, desesperados hasta la histeria, enarbolan la defensa de la vida, porque “es sagrada”. Otra vez: sagrada la vida ¿de quiénes? Se llenan la boca con la palabra “Jesús” pero imaginemos lo que le harían a un Jesús de nuestros días los gendarmes y otras fuerzas expertas en disuadir por las malas o por las malas.

No, señora Senadora, lo suyo no es un desliz: es una revelación. Todo el tiempo ustedes discriminan y desenfundan el dedito de señalar, y tildan, y xenofobian, y convierten a los pobres en sospechosos, y etcétera. A ustedes,  practicantes de la indiferencia activa, les importan un carajo los abortos posteriores, es decir, las “interrupciones de vida” después del vientre mediante el hambre, los misilazos, el analfabetismo y la analfabetización –tan sembrada por los medios de des/comunicación.

Señora Senadora, con sumo respeto le digo que usted con su desliz ofendió a la investidura de la Honorable Cámara. Y agravió a la hoy desabrigada democracia.

(Ah, me olvidaba: la señora Senadora tiene nombre, Silvia; tiene apellido, Elías, y además “de” Pérez.)

A continuación, a modo de desagravio, deseo compartir un textito que hace algún tiempo me inspiró un niño down que, siendo linterna, anda por ahí…

 

             Serafino mediante

Cuando un niño nace con Síndrome de Down decimos, desde el error de la piedad o, peor, desde la necedad de la lástima, que es diferente. Él, ¿diferente de nosotros o nosotros diferentes a él?

El niño de nuestra historia se llama Felipe, pero me gusta nombrarlo con un nombre secreto: Serafino. A Serafino, a los seis meses de su nacer, le abrieron el pechito y le zurcieron el corazón trizado; que conste, con hebras de sol se lo zurcieron. Desde entonces, pleno, vive, y hay que ver cómo deletrea, cómo aprende las sílabas del mundo el vaguito…

Serafino usina secretos preciosos:

a la vida le ve colores que nosotros no conocemos, y le escucha sonidos que tampoco. Por eso ya está a salvo de las miserias y distracciones paupérrimas de la condición humana.

Conozcámoslo un poco más: para Serafino el 3 no es número alguno: es un clavel. Y 3333 es un clavel más otro clavel más otro y otro clavel. A ver si nos entendemos: el 3333 es un jardín que cambia de enanito todos los días impares. Enanito siempre de izquierda, por eso rojo el clavel.

¿De qué clavel estamos hablando? Es inútil, no lo podemos ver; él sí.

Conviene enterarse, además, de que para Serafino el 5 es un niño que ahora en la vereda de enfrente cruza rápido; va en un triciclo verde, veloz espanta los charcos que dejó la lluvia de recién.

Y el 8 es la cálida imagen de su madre cuando lo amamantaba.Y el 9 es su papá con el ceño apretado cuando se levanta de dormir su rato de siesta.

¿Y el 4? Ah, el 4 es su hermana cuando se atreve a sentarse en una sillita que es sumamente violeta. La tal silla –la silla más pequeña del mundo–, es la que Serafino usa para subirse y asomarse por cierta ventana en la que cabe un arco iris que, por ahora, late cuarenta y siete colores y trece más.

Sépase: a los semblantes de estos colores, nosotros, no los alcanzamos ni a vislumbrar. Es que estamos tan ciegos para esos colores, y tan sordos para tocarlos… Porque, hay que decirlo: Serafino sabe y siente más hondo que los adultos adulterados; sabe y siente que los colores tienen piel y hay que escucharlos con la punta de los dedos, siempre.

 

((Serafino ahí va, vadeando el arcoíris.

Es de luz el pendejito.

Y la luz no tiene por qué rendirle cuentas a nadie.

¿Podríamos decir, entonces, que Serafino es un feliz?

Preguntar eso significa no haber entendido nada.

Desde antes de nacer, él sabe que la felicidad es un sufrimiento que los humanos nos inventamos sucesivamente…))

 

 

zbraceli@gmail.com

(Gentileza de Rodolfo Braceli. Artículo publicado originalmente en el diario Página/12)

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