¡Ojalá en el 2015! ¡Metámosle!

 

 

 

 

 

El 2014 después de Cristo fue un año tan arduo como prodigioso. Apasionante. Propongo reflexión comparativa.
No hace tanto, en la transición de dos milenios, este entretenido país nuestro era una especie de agujero con silueta de mapa: se habían rifatizado los bienes primordiales y malvendido las joyas de la abuela.Y la abuela también. Por estos días los pulpos medios de descomunicación, desesperados, predican que “la Argentina está fuera del mundo, dividida, ganada por los odios”. Y claman por “reconciliación” desde la buitredad; no reconocen que odios y crispaciones no están sólo de un lado: están muy repartidas.

 

Por  Rodolfo Braceli

 

Damas y caballeros, pero esto de la crispación tiene su costado positivo. ¿Por qué? Porque nos sirve, como sociedad, para arrancarnos las caretas y superar el peor colesterol, el colesterol de la hipocresía. Hay menos hipocresía en la Argentina de hoy y la confrontación viene a ser una saludable, una intensa señal de vida. Incómoda, pero flor de noticia.

Como cada año en esta columna abro mi ventana y suelto mis “ojalá”. Son mis brindis reflexivos. ( No lo pienso negarlo: mis “ojalá” no son neutrales. A los neutrales los carga la hipocresía.)

 

Ojalá hablemos el castellano en castellano; por empezar los autodenominados periodistas.

Ojalá que cada día, al salir de casa, no nos dejemos el corazón olvidado. Ni la vergüenza.

Ojalá llegue el día en que las prepagas sólo cobren cuando sus clientes gozan de buena salud.

Ojalá que las cacerolas suenen alguna vez por asuntos que no atañen a las urgencias del bolsillos o a la sembrada de la inseguridad. (¿Por qué no sonaron cuando nuestro ferrocarril fue descuartizado? ¿Y cuando nuestro petróleo fue donado por chirolas, y nuestro YPF, Yacimientos Petrolíferos Fiscales, pasó a ser Yacimientos Petrolíferos Fifados? Lo peor: las cacerolas nunca sonaron por los cientos de criaturas afanadas hace más de tres décadas, desde la placenta.)

Ojalá que nuestros audenominados periodistas independientes, sean eso: independientes. (Nos estamos debiendo el libro de la obediencia in-debida en el periodismo.)

Ojalá que la “nueva política” no se reduzca a disponer de gorda billetera para pagarse un “asesor de imagen”.

Ojalá que ser exitoso en el deporte o en la farándula no sea la única condición para acceder de la noche a la mañana a la política. (El carisma y la famita sin capacidad, sin experiencia, sin estudio, sin imaginación engendra monicacos. Los monicacos son las caries de la democracia.)

Ojalá la derecha aprenda a ser liberal, en el original sentido de la palabra. Y deje de usar sin asco a la democracia cuando hay democracia y a la dictadura cuando hay dictadura.

Ojalá las infinitas izquierdas se reúnan para hacer. Y dejen de fragmentarse, y de ahorrarle el trabajo al enemigo. Y sean algo más que esquirlas de un sueño que estalló sin semillar.

Ojalá comprendamos que la democracia espeja lo que somos. No rompamos el espejo. (No hay que terminar con la política, en realidad hay que empezar. Y bienvenida sea la apasionada politización de los jóvenes. No se puede reducir la actividad cívica a la digestión.)

Ojalá usemos forros; usar forro no es pecado. Pecado es no pecar. Pecado es la abstinencia y la sangre desmayada. (A los predicadores anti preservativos se les pide que hagan mutis por el forro.)

Ojalá el Sida se evite sin recurrir a la castidad que ordenan los fundamentalistas. (Si Adán y Eva hubieran sido castos tendrían que haber adoptado un hijo. ¿Y dónde?)

Ojalá a las barbaries las llamemos por su nombre: a la “guerras preventivas”, genocidios preventivos; a los “interrogatorios exigentes”, torturas.

Ojalá aceptemos que la ética empieza por casa. Y la corrupción también. (A propósito: los periodistas, no nos olvidemos de la ética de la sintaxis.)

Ojalá asumamos la patria del agua. (Pronto un litro de agua valdrá más que cien barriles de petróleo. Ojo al piojo.)

Ojalá soltemos el celular. Y empecemos a comunicarnos.

Ojalá no incurramos en el leso crimen de besar de la boca para afuera. No caigamos en el desbeso. No besemos meramente. Arrojémonos de cabeza en cada beso, adentro bien adentro, más adentro todavía.

Ojalá que los que ponen el grito contra el cielo por la despenalización del aborto, pongan el mismo furioso grito cuando se producen “abortos posteriores”, después del vientre. (¿Cuáles? Las interrupciones de vidas por el desempleo aniquilador de familias del voraz neoliberalismo; las fáciles balas de gatillos fáciles; los misiles que cometen errores colaterales.)

Ojalá despertemos a tiempo: no sigamos extenuando, violando la tierra de nuestro mapa con la alevosa soja (“la convertibilidad del agro”).

Ojalá aprendamos que el pan, si no es compartido, no es pan, es obscenidad.

Ojalá elijamos estar entre los que tienen las manos limpias porque no se lavan las manos.

Ojalá que sigan re-naciendo nietos, seres que fueron afanados de cuajo desde la placenta. Ya van 116, faltan varios cientos. (Larga vida para esas “viejas locas”, madres y abuelas de Plaza de Mayo y de todas las plazas patrias. Muy larga vida y salud para ellas, linternas prodigiosas, últimas cornisas de la dignidad, parteras porfiadas que todo lo consiguieron sin una pedrada, sin una bala.)

Ojalá que no nos distraigamos, porque la buitredad no descansa ni en los días de guardar. Si hay que dormir, durmamos, pero con un ojo abierto. Y el otro también.

Ojalá por fin aprendamos que la paciencia no es resignación. Y que la memoria es la forma más ardua de la esperanza.

Ojalá ¡soñemos a rajacincha! ¡Pero soñemos haciendo! Al mundo no lo vamos cambiar, al mundo lo tenemos que hacer cada día con su cada noche.

 

(((Perdón por el optimismo: el vino ya es descorchado.

A brindar se ha dicho: ¡Manos y palabras y labios a la obra!

Respiramos un tiempo prodigioso, porque arduo.

Miremos para atrás ¡para salir adelante!

El vino espera por nosotros: ¡Salud! ¡aleluya! ¡huija! ¡alehuija!

¡A meterle! El sol nos mira y cuenta con nosotros.

 

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Este texto es una versión basada en una columna originalmente publicada por el diario JORNADA, de Mendoza.

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