El obsceno señor Lopérfido y las moscas

 

Eso que declaró Darío Lopérfido, cuestionando la cifra de los 30 mil desaparecidos, no debiera licuarse esgrimiendo el obsceno “fue una expresión desafortunada”.

 

Desafortunada no; muy alumbradora, muy significativa sí.

¿Estaremos ante un síntoma?

 

En esta columna nunca paso por alto cada re-nacimiento de nieto de identidad secuestrada. Tampoco pasaré por alto lo que dijo el ciudadano Lopérfido, actual ministro de Cultura del gobierno porteño que encabeza Horacio Rodríguez Larreta. Su declaración, cuestionando la cantidad de seres humanos desaparecidos en esta Argentina nuestra, es gravísima, por lo que puede significar como síntoma, por venir de quien viene y por la sonora ligereza con que fue emitida. Propongo reflexionar a propósito de.

 

1. Confieso pronto que en mis primeros apuntes no elegí un camino sano para desarrollar esta columna. Empecé apelando a la facilidad de un juego de palabras: asocié el apellido al sustantivo: Lopérfido a “lo pérfido”, a perfidia. Pero enseguida advertí que ironizar con el apellido es una fácil tentación. Y lo fácil tiene patas cortas. En este caso ese juego de palabras alrededor del apellido Lopérfido añadía banalidad a la triste ligereza del personaje.

2. Al señor Lopérfido parece interesarle la cantidad muchísimo más que la honda magnitud, esencial, de lo que aquí pasó. Le faltó minimizar los 39 muertos que devoró el epílogo del patético gobierno de Antonio de la Rúa, del cual él formó parte del núcleo pensante.

3. Al señor Lopérfido, evidente, lo desvela la mera cantidad. Se canta en lo sustancial. Al cuestionar si fueron o no 30 mil los desaparecidos, cancela, aniquila la verdadera cuestión, la referida a la índole de la tortura como método de persuasión y como reemplazo absoluto de la justicia.

4.  Señor Lopérfido: supongamos que, si en vez de 30 mil los torturados, asesinados, desaparecidos fueron, como dicen algunos, unos 12 mil, o, como enarbolan ciertos militares genocidas, “sólo 7 u 8 mil”, el atroz episodio en la médula de su tragedia no se modifica. 100 mil, 30 mil, 12 mil o 7 mil, lo mismo da, ¿Por qué? Porque no importa la cantidad: los que fueron violados y desaparecidos, lo fueron de a uno.

5. Señor Lopérfido, a usted le digo: piense un poco. Si su sensibilidad no le da para anclar en la reflexión debida, trate de ponerse en lugar de los padres y hermanos y amigos de los desaparecidos. Imagine una puerta, la puerta de su casa, derrumbada en plena madrugada. Imagine una banda de insultadores que destrozan, tajean colchones, desfondan muebles y se llevan a su padre, a su hermano, a su hermana embarazada, casi desnudos, aterrados y ateridos. Imagine el horror de esa noche, imagine la angustia prolongada por los días y noches de un año, de veinte, de cuarenta años.

6. Señor Lopérfido, ¿es mucho pedirle que se ponga en lugar de cada uno de los 30 mil o, si usted prefiere, de los 12 mil o 7 mil desaparecidos? Por lo que se ve a usted no le apetece demasiado ni la verdad ni la memoria ni la justicia. ¿Por qué carajo se pone exigente con las meras cifras y se saltea sin asco los padecimientos de uno por uno,  de los humanos que fueron secuestrados y, privados de toda defensa, fueron machucados y picaneados y desdetandos y desuñados y asfixiados con agua y hasta puestos a escuchar las torturas de parientes, y fueron violados, violados de todas las formas posibles.

7. Señor Lopérfido así es: usted, tan riguroso con el tema cifra, margina el verdadero tema, que es el de esos asesinadores ilimitados que, dicho borgeanamente, protagonizaron un capítulo que espeluzna de la Historia Universal de la Infamia. Usted pasa por alto alegremente a estos humanos que no debemos redimir nombrándolos monstruos, porque son seres humanos: primero apresaron con alevosía, y no les fue suficiente; obviaron todo juicio, y no les fue suficiente; torturaron, violaron las vidas, y no les fue suficiente; después negaron sepultura, arrojaron cuerpos vivos al río, violaron las muertes, y no les fue suficiente. Algo más: hasta afanaron criaturas arrancadas de cuajo desde la placenta, y no, no les fue suficiente.

8. Señor Lopérfido, ocurre que usted es ministro de Cultura de la capital patria. Como altísimo funcionario, y más como ser humano usted no debiera güevonear con las meras cifras: ha pasado por alto la desnucación de la condición humana. Qué paradoja: su significativa declaración desafortunada brota en tiempos en los que se enarbola la necesidad de reconciliar a los argentinos, la de cerrar la famosa grieta. Usted, a la grieta la abisma.

9. Señor Lopérfido, ¿así que no fueron 30 mil los desaparecidos? ¿Y qué si fueron “sólo 7 mil”, o mil? ¿Y quééé? Usted ofende a los violados. Y ofende a esas madres que atravesaron sus 80, sus 90 años buscando el sitio donde están los huesitos amados, buscando renacer nietos que ya andan por sus cuarenta de edad sin saber ni cómo se llaman.

10. Señor Lopérfido, usted como tantos argumentará que “hubo excesos y muertos de ambos lados”. Los hubo, pero con una diferencia: los otros muertos tienen sepultura y duelo debido. A los desaparecidos que, según usted, no son tantos como dicen, no se les puede llevar una flor, no tienen tumba. Los muertos sin sepultura no cesan de morirse cada día con su cada noche, cada hora con su cada minuto.

11. Señor Lopérfido, usted luce un altísimo cargo; ante tan horrendo furcio moral, debiera renunciar. Tomarse un año sabático. Un año y otro más. ¿Para qué? Para, como dice la tribuna, saber qué se siente siendo familiar o amigo de desaparecido, de muertito sin sepultura.

12. Algo más: hago un esfuerzo, no olvide que los desaparecidos no cesan de morir cada día, cada noche. Recuerde que lo que aquí sucedió fue una desnucación de la condición humana. No tenga, señor Lopérfido, tan flaco, tan paupérrimo el corazón. Usted, sí, usted, como cualquiera tiene hasta el derecho de ser agudamente necio y cruel, pero considérelo: nunca es tarde para aprender que en boca cerrada no entran moscas. Ni salen.

 

Rodolfo Braceli

 

*   zbraceli@gmail.com    =.=     www.rodolfobraceli.com.ar

(Nota publicada en el Diario La Jornada de Mendoza/5 de Febrero de 2016)

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