El hombre que reía demasiado

 

Cuidado, ojo al piojo: hay cosas que podemos hacer, pero sólo de puertas adentro; jamás en público. Como reírse más de un minuto seguido. Atención: peligroso reírse en voz alta estando solo en una vereda, en un avión, en un banco. Peligroso, así en los sueños de almohada como en la irreal realidad.

 

Por Rodolfo Braceli

 

Voy a compartir un episodio que pudo suceder en Nueva York… Hagamos de cuenta que ahora estamos allí, en la quinta Avenida, viendo y escuchando…

Las 10 de mañana, el fragor urbano en su plenitud. Ahí está él: es un hombre con un traje de color incierto, gastado por el tiempo. El traje le queda grande; su cuerpo es poco para tamaño traje que, se ve, fue de otro hasta que se cansó de usarlo.

 

En una de las esquinas álgidas de Manhattan el hombrecito en este instante, sin desanudar los cordones, se saca los zapatos que también le quedan grandes; fueron de otro. Ya descalzo, del interior del zapato izquierdo extrae el recorte de una hoja de diario. La despliega, mientras la lee le brota una risotada sonora. La risa desencadena una sucesiva carcajada a boca abierta.

 

Se ve rápido: le faltan casi todos los dientes, al hombrecito. Sólo conserva las últimas muelas, las del Juicio.

 

Los transeúntes empiezan a aminorar su andar urgente; muchos se detienen intrigados por esa risa que se realimenta con carcajadas.

 

En cuestión de minutos hay varias docenas de curiosos observándolo. Algunos autos también se están deteniendo.

 

Pronto se interrumpe el tránsito de personas y autos: atascamiento colosal.

Sigue riendo el descalzo hombre del traje enorme que fue de otro.

Y llegan agitados cronistas movileros de radio y de tevé.

 

La risa no cesa, es cada vez más robusta; muchos de los testigos se tientan, se contagian.

 

Patrulleros le abren paso a dos furgones que traen policías y perros y armas contundentes.

 

Un helicóptero del ejército ya merodea la zona. El hombrecito alza su mirada y lo saluda enarbolando sus zapatos.

 

Su risa no amaina.

“Diosmío”, dice entrando en pánico una señora muy aseñorada.

“Nunca se vio una cosa así”, suma un señor muy almidonado.

“Debe ser extranjero, que lo metan preso de una vez”, es la frase que gana consenso.

“Pero, ¿por reírse lo van a meter preso?”, protesta a dúo una pareja de estudiantes que faltaron a la facultad para hacerse el amor a rajacincha.

“Alteración del orden público, procedamos ya”, ordena la autoridad competente.

 

Imposible retirar por la avenida y calles laterales al hombre que ríe. Desde el helicóptero desciende colgado un rescatista, trae una especie de arnés. En el arnés cuelgan al hombre que sin soltar sus zapatos, sigue riendo. La multitud lo ve elevarse hasta introducirse en el suspendido helicóptero, que ahora parte y se aleja con el hombre que ríe. Se contagia el piloto y el copiloto y la tripulación de rescate. El helicóptero tiembla por las carcajadas.

 

Abajo ha vuelto el silencio, los ojos se miran, sin palabras. Alguien emite una risita fruncida  y cientos se tientan. El hombre que reía, ya está lejos.

 

A los veinte minutos lo descienden en la central de policía. Va descalzo, pero no suelta sus zapatos al bajar. Siguen sus carcajadas. El comisario, dos médicos, tres enfermeros, un juez lo observan. Uno de los médicos se tienta. Todos advierten lo mismo: que la ropa del hombre es regalada; que su piel, amarronada de intemperie, tiene la barba oscurecida de varios días. No hay anillos en sus manos, ni reloj en su muñeca. No porta documentos ni billetera ni pañuelo para sonarse las narices, ni nada.

 

Anda por la vida a la buena de Dios, en los días pares. Y a la buena del Diablo, en los días impares. En el despacho policial el hombrecito ahora está emitiendo una risa arroncada; su garganta está extenuada.

 

Ahí está, jadeante, neutro, sin temor ni expectativa alguna.

 

Lo desnudan. Piensan: algo debe de esconder este hombre en alguna hendija de su cuerpo. Revisan los bolsillos de su pantalón; encuentran tres cigarrillos a medio fumar, un pan mordido en un costado y tres aceitunas. En los bolsillos internos del saco no hay billetera, ni documentos. Sólo la hoja del diario doblado en ocho.

 

El comisario la despliega y lee la gran noticia de estos días: que los super bancos de Estados Unidos y de Europa quebraron; que estalló la burbuja que inventaron para salvar a la burbuja financiera; que conmoción mundial; que colapso terminal de la Bolsa; que suicidios de políticos y de magnates; que la crisis más grave del sistema desde Adán y Eva; que Apocalipsis sin retorno. Que pánico ecuménico.

 

El juez interrogador le extiende la primera plana del diario al hombre que reía, y le va a preguntar por qué guarda justamente esa página. Pero no alcanza a avanzar más allá del por qué guarda justam…

 

El hombre señala el gran titular y se brota de una carcajada que vuelve a alimentarse de si misma. Se dobla de la risa, joder cómo se ríe… En el medio de su risa otra vez desatada, suelta unas palabras… “yo estoy a salvo… yo sí… yo sí…” Pero sus palabras se ahogan en más carcajadas. El hombre que ríe, se ríe demasiado porque la burbuja estalló entera y el apocalipsis financiero no podrá afectarlo en absoluto.

 

Después, más sosegado, lo explicará así: “Yo no tengo propiedades ni auto ni velero… Yo no tengo casa ni departamento ni campos ni avioneta… Yo no tengo ahorros ni plazos fijos ni bonos ni cajas de seguridad ni dólares ni euros ni oro en bancos suizos… No tengo dinero alguno debajo del colchón, yo no tengo ni colchón…

 

En otras palabras, que por su abundancia de carencias es un hombre libre. Y ahora se está riendo de todos: se ríe de los precavidos, se ríe de los usureros; se ríe, por supuesto, de los buitres malparidos y se ríe de la obscena buitredad.

 

El juez que interviene en la causa decide prisión preventiva. El hombre que ríe demasiado pliega en ocho la portada del diario, y otra vez ¡las carcajadas!

 

Ahora lo suben a un patrullero, va esposado. A su carcajada le añade una sonrisa. Piensa: “Esto es perfecto, qué más quiero… por un buen tiempo no tendré que buscar en las bolsas de residuos: en la cárcel tendré cama techo y comida asegurados. Viva la Pepa. Y el Pepe. A la mierda con la burbuja. Debo ser agradecido: juá… gracias, muchas gracias por tanto… juá, juá, juá… ¡Buen día! ¡buendía apocalipsis!!!”

 

 

((Este texto se publicó originalmente en el diario JORNADA de Mendoza.))

 

*  rbraceli@arnet.com.ar    = =    www.rodolfobraceli.com.ar

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