Congreso de la Lengua ¿y Tarzán?

Le ha sucedido a Córdoba el VIII Congreso Internacional de la Lengua ¿Española? A mi (no tan) modesto entender este Congreso cometió un estruendoso furcio. Sinonicemos a partir del decir de la vereda: este Congreso se mandó un flor de moco: no invitó a don Tarzán.

    

 

Por Rodolfo Braceli
zbraceli@gmail.com

 

El tal Tarzán es el ex hombre mono, rey de la selva y rey de los gerundios. Si hubo un alto rey en el Congreso, ¿por qué no otro rey más? Alguien tan representativo como Tarzán debió estar entre los panelistas destacados. Enseguida explicaré por qué su omisión entre los expositores es una injusticia, un moco insoslayable.

No nos demoremos en decir que el Congreso desperdició –otro moco– una gran oportunidad para reflexionar sobre el lenguaje inclusivo. Ese lenguaje está en plena gestación; tras la incontenible revolución de las mujeres, es ineludible. Todos, todes, sabemos que, por siglos, nuestra lengua estuvo atada a la dictadura de lo masculino, un modo de naturalizar el patriarcado. Nos guste o no, a la corta o a larga tendremos que afrontar las incomodidades y urticarias del imperioso lenguaje inclusivo. El tiempo conseguirá educar a nuestros oídos mientras tanto se despabilan las conciencias. Para llegar a la pareja emparejada, necesitamos un lenguaje también emparejado, equitativo. Aprendamos, por las buenas o por las malas. El oleaje de la revolución femenina ya rompió los diques. Pongamos barbas y bigotes en remojo. El machismo en el lenguaje existe autorizado por la impunidad de la costumbre y vemos que hoy, de la mano del impúdico neoliberalismo, no trae nada parecido a la felicidad; trae efectos colaterales: genocidios, hambre, analfabetismo y analfabetización activa.

Reitero: Tarzán, a la hora de evaluar la salud de nuestra ¿amada? lengua, es un referente. Revisemos el idioma de Tarzán en su salto de mono a hombre. Su vocabulario posee una extraordinaria abundancia de carencias. Su sintaxis es una amenaza que jamás termina de coagular. Su habla errática, que oscila entre la anemia, la impotencia y el estreñimiento, está por debajo de la línea de pobreza. Se “agarra” Tarzán de los gerundios, como de las lianas. Pero no seamos impiadosos con él; hasta hace un rato, estaba mono. Comprensibles sus carencias.

Revisemos ahora el vocabulario y la sintaxis de tantos periodistas exitosos. Se expresan (¿?) con una pavorosa anemia que en el fondo es estreñimiento, impotencia. ¡Son una vergüenza! ¿Nombres? Los podemos detectar muy fácilmente. Por ejemplo “ella”, una venerable mujer, es una de las conductoras radiales más premiadas del país. Y, caray, hasta escribe libros. Esta señora, casi prócer, vive aferrada al adjetivo “terrible”. Lo usa a rajacincha: para calificar una matanza serial en una escuela norteamericana, o la inundación en Santa Fe, o una ola de calor, o la sensación térmica, o un genocidio preventivo de Trump, o la violación de una nenita ciega por su abuelastro, o la disparada del dólar, o el alto precio del tomate. Está distinguida señora insiste en extenuar al adjetivo “terrible”. Qué terrible.

Un ejemplo más: comparte nuestro aire otro famoso conductor radial, también muy premiado, que no se cansa de extenuar a la palabra “emblemático/a”. De cada diez veces la utiliza once. Emblemático puede ser Van Gogh, o Borges, o la Mona Giménez, o un gol, o el muro de Berlín, o el himno nacional, o la inflación.

¿Podemos negar, ignorar, que esta pléyade de des-comunicadores tienen, en don Tarzán, un inocultable referente?

Por eso digo: Tarzán debió tener atril en el Congreso de la Lengua ¿española? Su ponencia hubiera empezado eructando o defecando un gerundio. Él ex mono no estuvo presente, pero sí estuvo un ex maestro de escuela pública, Serafín Ciruela. Ciruela, docente jubilado, se apareció con un traje agrisado en cinco décadas de uso. Se coló en la sala mayor y pudo ver y entrever. Me contó, por ejemplo, que dos académicos que se dejan llamar “filósofos”, se agarraron a los chirlos y desenvainaron su fruncida insultación. En el momento más histérico no se mandaron al carajo sino al caraxus.  Caramba.

Ciruela detectó también un vendedor ambulante que ofrecía un librito con una definición de cada país participante. En la página referida al nuestro, leyó: “Argentina: conato de país que reemplazó la satisfacción de sentirse “el mejor del mundo” por el orgullo de ser “el más inexplicable”. Argentina: república o algo así, hija dilecta del Fondo Monetario Internacional.”

Me alcahueteó Ciruela que el sumo rey de España rebautizó al sumo ciego, nombrándolo “José” Luis Borges. Pudo ser peor: por poco lo llama Pepe Borges. Algo más sobre el entrañable Ciruela. Al tercer día del Congreso tuvo un desmayo causado por el exceso de ayuno, es decir, de neoliberalismo. Ya en la ambulancia le encontraron un cuadernito Gloria con apuntes. Pude hojearlo: en la página 5 escribió: “Pregunta: Un país que ante el secuestro y asesinato de un muchacho marrón reúne una manifestación de 70 u 80 personas y ante el secuestro y asesinato de un muchacho rubio reúne una multitud de 150 mil, ¿puede seguir presumiendo de no ser racista?”

En la página 13 del cuadernito Ciruela propone que en la próxima reforma del Código Penal se incluya un artículo para sancionar a aquellos poetas, narradores, ensayistas y periodistas que no tienen nada que decir, pero lo dicen lo mismo. Hacen “como que” piensan. Son coleccionistas de lugares comunes.

En la última página Ciruela, arriesga una ponencia y plantea: “Ahora hay cuatro clases sociales: la rica, la media, la pobre, y la de los desclasados. Esta última, la de los desgajados, está enriqueciendo la lengua, desde la desesperación. Escuchemos un diálogo callejero: “–¿Me da una moneda?” “–No tengo” “–Pero si  usted tuviera, ¿me daría, no?” Esta síntesis está gestionando un nuevo lenguaje que conjuga lo real, lo urgente, lo dramático, la estrategia y la solidaridad. Todo eso está semillando en el idioma de los desesperados; en pleno siglo XXI después de don Cristo.”

En las últimas líneas del cuadernito Ciruela pide encarecidamente que se autorice al sustantivo “semilla” para actuar como verbo: “Yo semillo/ tu semillas/ él semilla…”

Tiene razón Ciruela: si nosotros seguimos sin semillar no necesitaremos Apocalipsis para irnos al carajo o al caraxus. O a la mismísima nada. O, como diría Francisco de Quevedo, a la mismísima mierda.

 

 (Esta es una versión ampliada de la columna publicada por el autor en el diario Jornada, de Mendoza.)

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