Dále Mariano, vení

Pregunta para poner en remojo: en el 2019, ser periodista ¿en qué consiste? La pregunta nos brota dolorosa, porque el 7 de junio es nuestro día. Flor de fecha para celebrar y, sobre todo, ojo al piojo, para reflexionar, para el examen debido, de (in)conciencia.

 

Por Rodolfo Braceli

 

Voy a retomar conceptos vertidos en esta columna, a lo largo de diferentes junios de los últimos diez, quince años. Por empezar recordemos que el patrono de los periodistas es Mariano Moreno. Moreno –alguien lúcido, corajudo, de muchas lecturas, incomodante–, nunca se terminará de saber si se murió o lo murieron con un tecito que en cuestión de horas le devoró las tripas. Iba Moreno en barco hacia la Gran Bretaña. Su cuerpo fue arrojado al mar. Adiós molestia, adiós. Aquel intenso Moreno, al que se lo menciona como uno de nuestros primeros desaparecidos, escribió una frase cada día más vigente: “Es preferible una libertad peligrosa, a una servidumbre tranquila”.

Las reflexiones, como la caridad, empiezan por casa. Ya hemos consumido casi dos décadas del siglo 21. Oíd mortales: revisémonos, afrontemos el peaje de la autocrítica a través de preguntas imprescindibles.

Estamos en un tiempo peliagudo. Parloteamos sobre “la grieta”, enarbolando “la necesidad de diálogo”. Pero lo hacemos (con perdón de los perros) ladrando ofensas. Este clima, tan atravesado de desinformación y confusiones deliberadas, se ha recalentado como en los mejores peores tiempos. Bienvenida las calenturas.

Hay un tercer factor que contribuye a crispar el ambiente: más que comunicar se des-comunica. En las naturales discusiones no se imponen las ideas, se impone el barullo. Al ruido se lo confunde con el sonido. A la chatura de la mediocridad se la confunde con el nivel del mar. Se le dice “pragmatismo” a lo que en realidad es oportunismo, claudicación, traición, alevosa desmemoria.

Pregunta puntual: ¿cuánto han contribuido a la publicitada grieta los periodistas y medios estelares? Una cosa es alumbrar, otra es echar leña al fuego.

Vayamos por más preguntas, revisemos lo que hicimos y/o dejamos de hacer. No le mezquinemos el poto a la jeringa. Los periodistas, ¿somos realmente periodistas o simple partenaires de los intereses de nuestras ocasionales empresas?

Un detalle importante: ¿Hablamos, escribimos un castellano digno o estamos cerca de las abundantes carencias de Tarzán?

¿Cuánto se preocupan por sostener la ética de la sintaxis?

Tanto que hablamos de la ética, ¿y por casa cómo andamos?

Tanto que pontificamos sobre la corrupción, ¿y por casa cómo andamos?

¿En qué medida nosotros somos responsables de la creciente analfabetización con la que los medios agudizan el analfabetismo?

¿Hasta cuándo vamos a descansar en la comodidad de tirarle todas las culpas a “la política” o a Tinelli? ¿Cuántas horas de radio y de tevé, cuántos kilómetros de papel se dedican sólo a lo que Tinelli hace o no hace? ¿No hay otro tema que el bendito Marcelo?

Mientras los periodistas nos distraemos (y distraemos) con la farándula, ¿cuántas otras barbaridades pasamos por alto?

¿No será que con la excusa de que somos simples “empleados, rehenes del pan de cada día”, nos resignamos a ser partenaires con demasiada facilidad?

¿Hasta cuándo nos vamos a esconder en la obscena coartada de la obediencia debida?

Volvamos al Mariano que escribió que es “preferible una libertad peligrosa a una servidumbre tranquila”. Aquellas palabras nos vienen imprescindibles en estos tiempos en los que el miedo, la paranoia, se convirtió en religión. Y en una coartada. Y en ideología. Claro que hay razones para el miedo, pero ojo al piojo: a ese miedo lo están fogoneando. Ese miedo, tan propiciado sólo le sirve a aquellos que en voz baja o en voz alta sueñan con la Mano Fuerte Redentora que nos venga a salvar. Así es nomás: la paranoia hoy se transformó en una ideología. De derecha, claro.

Somos habitantes de este tiempo. Hay cuestiones primordiales que no debemos perder de vista como periodistas. He aquí algunas:

Que la ecología debe ser mucho más que un temita de moda.

Que el planeta se está suicidando encantado de la vida, mejor dicho, encantado de la muerte.

Que el pan, si no es compartido, no es pan, es obscenidad.

Que el mundo no termina en el umbral de nuestra confortable casita.

Que el analfabetismo es muy grave. Y la analfabetización es más que criminal.

Que cada mañana, al salir de nuestra casa, no nos debemos dejar el corazón olvidado. Ni el corazón ¡ni la vergüenza!

Que la bendita reconciliación no debe de ser una coartada para el borrón y cuenta nueva, para convalidar la desmemoria con la impunidad.

Que a la corta o la larga deberemos hacer el libro de la obediencia in-debida en el periodismo.

Que cada día, si es posible en ayunas, debemos recordarnos que la ética empieza por casa. Y la corrupción también.

Que nuestra sensibilidad de periodistas debe salir a relucir también cuando los secuestrados y/o asesinados no son rubios ni lindos ni de buen poder adquisitivo.

Que debemos cerrar filas contra los buitres de afuera y los buitres de adentro.

Que es deber ayudar a comprender que la seguridad no se logra con más policía y más mano dura y más picana. Se consigue con más trabajo, con el pan de cada día y de cada noche, en cada mesa.

En suma: tenemos la obligación de ser periodistas afrontando los prodigiosos riesgos de una libertad peligrosa y no la comodidad de una servidumbre tranquila.

Seamos ciudadanos, periodistas, comprometidos con la democracia, con la vida, con el perpetuo aprendizaje de la extraviada solidaridad.

Si no somos eso seremos patéticos partenaires, módicos mercenarios, meros dactilógrafos a sueldo, periodistas digestivos, eructantes. La digestión no debiera ser confundida con una actividad cívica.

Posdata. Estamos extraviados en el abismo de la desmemoria y de la desvergüenza… No nos engañemos, a la mentada democracia la estamos cariando, la usamos como transitorio condón.

Ay, Madremía, qué ganas de decirle al intenso patrono de los periodistas: “Nos hacés falta. Dále Mariano, vení.”

    

 

 

 (Esta es una versión ampliada de la columna publicada por el autor en el diario Jornada, de Mendoza.)

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zbraceli@gmail.com

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